La acción humana se relaciona con el lenguaje y esto nos lleva a reconocer que toda acción humana posee un componente interpretativo que surge desde el leguaje. La acción puede tomarse como un dominio y en relación con este pueden introducirse diversas distinciones que permiten reconocer tipos de acciones distintas. Un tipo particular de acción humana es aquella que conocemos como "prácticas sociales" y éstas pueden ser reconstruidas lingüísticamente.
La ontología del lenguaje ofrece una interpretación distinta del fenómeno humano al referirlo al lenguaje. Para entender cabalmente esta interpretación es necesario re-interpretar lo que entendemos por lenguaje y abrirnos a una comprensión que lo concibe como generativo y que postula que el lenguaje es acción, nuestro círculo interpretativo no estará completo mientras no reinterpretemos la propia acción. Únicamente entonces estaremos en condiciones de entender por qué se dice que la acción nos constituye como el tipo de persona que somos y llegaremos a ser. El ser humano, el lenguaje y la acción son tres pilares fundamentales de la ontología del lenguaje.
La "concepción tradicional" que tenemos, nuestro sentido común, descansa, entre otros, en dos supuestos heredados de la filosofía de Descartes que han servido de base al pensamiento moderno occidental. La interpretación ofrecida por Descartes en el siglo XVII ha dado sustento a casi la totalidad de nuestras interpretaciones parciales en el mundo occidental. Los postulados básicos de Descartes se transformaron en supuestos no cuestionados de nuestro sentido común. Estos supuestos son: aquél que sostiene que todo sujeto se halla expuesto a la presencia e inmediatez del mundo de objetos que lo rodea y aquel que define al ser humano como un ser eminentemente racional en su actuar por el mundo. El primero se sustenta en su dualismo originario. Su punto de arranque supone que, al examinarse la existencia humana, debemos reconocer desde el inicio, dos sustancias irreductibles: el pensamiento o la razón que nos constituye como sujetos (a lo que Descartes denomina "res cogitans") y la sustancia física que constituye los objetos ("res extensa"), dentro de la cual se encuentran nuestro cuerpo y la totalidad de los objetos naturales. Esto permite interpretar la existencia humana como constituida original y primariamente por un sujeto dado, rodeado por un mundo de objetos dados. La presencia de dichos objetos no está cuestionada, ellos se encuentran allí en el mundo, presentes naturalmente, capaces de ser percibidos por los sentidos, en medida en que no estén ocultos. Esto no niega que la percepción que el sujeto tiene de los objetos del mundo deje de tener problemas y que, por ejemplo, tal percepción no esté libre de distorsiones. Por el contrario, nuestra concepción tradicional hace de la relación sujeto-objeto su principal obsesión. El segundo de los supuestos de nuestra concepción tradicional ha sido sustentar que aquello que define al sujeto, aquello que lo caracteriza como ser humano, es el pensamiento, la razón, la conciencia, la capacidad que tiene de deliberación. Este segundo supuesto es particularmente importante para entender la acción humana, pues es precisamente en el dominio de la acción donde el concebirnos como seres racionales tiene quizás una de sus más importantes consecuencias.
El supuesto de que la razón es aquello que nos constituye y define en el tipo de ser que somos, lleva a una comprensión racionalista de la acción humana y, supone que la conciencia, la razón o el pensamiento, como quiera que lo queramos definir, antecede a la acción. Asume que los seres humanos actuamos en conciencia, guiados por la razón. Se deduce, por lo tanto, que toda acción humana es acción racional. Esto implica que no hay acción humana que no tenga su razón y, en consecuencia, que no esté antecedida por la razón que conduce a ella. La razón, por tanto, conduce a la acción. El supuesto de la racionalidad ha sido extremadamente poderoso dentro de la cultura occidental y sin duda requiere de ser visto como una innegable contribución histórica. Tras él se han desarrollado la ciencia, la tecnología y múltiples formas de vida que son expresiones del poder de la razón humana.
Resumen del libro de Rafael Echeverría
domingo, 25 de noviembre de 2012
6. Acción humana y lenguaje
5. El escuchar: el lado oculto del lenguaje
La comunicación humana tiene dos facetas: hablar y escuchar. Generalmente se concibe el hablar como más importante porque hablar parece ser el lado activo de la comunicación, mientras que escuchar suele considerarse como pasivo. Suele suponerse que si alguien habla lo suficientemente bien, es decir, fuerte y claro, será bien escuchado. A partir de esta interpretación, el escuchar generalmente es algo que se da por sentado y rara vez se le explora como asunto problemático. Sin embargo, un nuevo sentido común acerca de la importancia de la escucha está emergiendo. Las personas comienzan a reconocer que a menudo escuchan mal y que, a menudo, les es difícil escuchar lo que otros dicen y encuentran dificultades al hacerse escuchar de la manera en que desearían. Este fenómeno se da en todos los dominios de la vida. El tema de escuchar se ha convertido en una inquietud importante en las relaciones personales.
La ontología del lenguaje sostiene que mientras mantengamos nuestro tradicional concepto del lenguaje y la comunicación, difícilmente podremos captar el fenómeno del escuchar o seremos capaces de desarrollar las competencias requeridas para producir una escucha más efectiva.
Si examinamos detenidamente la comunicación, nos percatamos de que ella descansa principalmente en escuchar y no en hablar. La escucha es un factor fundamental del lenguaje. Hablamos para ser escuchados y el hablar efectivo sólo se logra cuando es seguido de una escucha efectiva. Escuchar valida el hablar y, es el escuchar lo que confiere sentido a lo que decimos. Por lo tanto, el escuchar es lo que dirige todo el proceso de comunicación.
La concepción prevaleciente en nuestros días de la comunicación está basada en la noción de transmisión de información, esta es una noción heredada de la ingeniería de la comunicación y desarrollada por C. Shannon, entre otros. La noción de transmisión de información oculta, precisamente, la naturaleza problemática del escuchar humano. Esto sucede, a lo menos, por dos razones. Primero, porque no dice nada acerca de uno de los principales aspectos de la comunicación humana -la cuestión del sentido. No podemos abocarnos a la comunicación humana sin considerar la forma en que las personas entienden lo que se les dice. La forma como hacemos sentido de lo que se dice es constitutiva de la comunicación humana y es también un aspecto fundamental el acto de escuchar. La noción de transmisión de información sólo opera como una metáfora cuando se usa en la comunicación humana, sin embargo, distorsiona el fenómeno que pretende revelar. Segundo, nuestra manera tradicional de abordar la comunicación humana supone que los seres humanos se comunican entre sí de una manera instructiva. La comunicación instructiva se produce cuando el receptor es capaz de reproducir la información que se le está transmitiendo, pero los seres humanos, como argumenta Humberto Maturana, no tienen los mecanismos biológicos necesarios para que el proceso de transmisión de la información ocurra en la manera que describe la ingeniería de la comunicación. Los seres humanos al igual que todos los seres vivos son sistemas cerrados, esto significa que lo que les sucede en sus interacciones comunicativas está determinado por su propia estructura y no por el agente perturbador. Los seres humanos no poseen un mecanismo biológico que les permita "reproducir" lo que "realmente" está ocurriendo en su entorno. Las perturbaciones ambientales sólo "gatillan" nuestras respuestas dentro del espacio de posibilidades que la estructura humana permite.
Humberto Maturana señala que el fenómeno de la comunicación no depende de lo que se entrega, sino de lo que pasa con el que recibe. Esto es un asunto muy distinto a "transmitir información". Podemos concluir entonces que decimos lo que decimos y los demás lo que escuchan; escuchar y decir son fenómenos diferentes.
Normalmente damos por sentado que lo que escuchamos es lo que se ha dicho y suponemos que lo que decimos es lo que las personas escucharán. Comúnmente no nos preocupamos siquiera de verificar si el sentido que nosotros damos a lo que escuchamos corresponde a aquel que le da la persona que habla y, la mayoría de los problemas que enfrentamos en la comunicación surgen del hecho de que las personas no se dan cuenta de que escuchar difiere de hablar.
Escuchar no es lo mismo que oír, oír es un fenómeno biológico y, aunque escuchar tiene una raíz biológica y descansa en el fenómeno del oír, escuchar no es oír. Escuchar pertenece al dominio del lenguaje y se constituye en nuestras interacciones sociales con otros.
Lo que diferencia el escuchar del oír es que cuando escuchamos generamos mundos interpretativos. El acto de escuchar siempre implica comprensión y, por lo tanto, interpretación. Escuchar es oír sumado a interpretar. El factor interpretativo es de tal importancia en el fenómeno del escuchar que es posible escuchar aun cuando no haya sonidos y, en consecuencia, aun cuando no haya nada que oír. Podemos escuchar los silencios. Cuando escuchamos, no escuchamos solamente palabras, escuchamos también acciones, esto es clave para comprender el escuchar.
Cuando hablamos, normalmente no ejecutamos una acción, sino tres tipos de acciones relevantes para el proceso de comunicación humana. Fue el filósofo británico J.L. Austin quien originalmente hizo la distinción de estos tres tipos de acciones. En un primer nivel, está el acto de articular las palabras que decimos, Austin los llamó "actos locucionarios". En un segundo nivel, está la acción comprendida en decir lo que decimos. Finalmente, existe un tercer nivel de acción comprendido en el habla y Austin lo llamó "actos perlocucionarios" y ocupan de las acciones que tienen lugar porque se dijo algo, aquellas que se producen como consecuencia de lo que decimos. Un determinado acto ilocucionario puede asombrar, convencer, fastidiar, etcétera.
Siguiendo a Austin, podemos decir que cuando escuchamos, escuchamos los tres niveles de acción. Primero, escuchamos el nivel de lo que se dijo y cómo fue dicho. Segundo, escuchamos el nivel de la acción involucrada en lo que se dijo (sea esto una afirmación, una declaración, una petición, una oferta o una promesa). Tercero, escuchamos el nivel de las acciones que nuestra habla produce. En esta interpretación del lenguaje las palabras son herramientas que nos permiten mirar hacia todos esos niveles de acciones.
Hay una naturaleza activa en el escuchar, se puede escuchar mal o escuchar de manera efectiva. La ontología del lenguaje postula que esa parte del escuchar va más allá del hablar, es un aspecto primordial de escuchar efectivo. Cuando escuchamos, no solamente escuchamos las palabras que se hablan, también escuchamos las acciones implícitas en el hablar. Escuchar las acciones implícitas en el acto de hablar no es suficiente para asegurar la escucha efectiva, se requiere también de hacer dos preguntas básicas: ¿para qué está la persona ejecutando la acción? y ¿cuáles son las consecuencias de esta acción? Según la forma en que respondemos a esas preguntas, la misma acción puede ser escuchada de maneras muy distintas.
Las acciones aparecen como respuestas a un propósito, motivo o intención y, se supone que en estas intenciones reside nuestra conciencia o mente. Este supuesto es uno de los cimientos de la tradición racionalista.
El racionalismo supone que generalmente hay una intención o meta tras toda acción y la tradición racionalista busca las "razones" de las personas para actuar de la manera en que lo hacen. Una acción es considerada racional si corresponde a las intenciones conscientes que nos hemos fijado al ejecutarla. Desde esta perspectiva, uno de los factores básicos que hace que esta acción tenga sentido es su intención. Por lo tanto, una de las maneras en que damos sentido a una acción es descubriendo la "verdadera intención" que existe tras ella. Una acción que es coherente con su "razón" o "intención verdadera" es una acción racional.
Este problema se le presentó también a Sigmund Freud y él comenzó efectuando dos contribuciones importantes en relación a este problema. La primera fue señalar que los seres humanos actúan frecuentemente sin intenciones conscientes, es decir, sin un conocimiento claro de por qué lo hacen. La segunda es que aun cuando ellos creen saber por qué están haciendo lo que hacen, las razones que esgrimen pueden ser legítimamente impugnadas. Esto resulta precisamente la labor del terapeuta en el análisis: impugnar las "razones" del paciente y ofrecer "razones" distintas.
La ontología del lenguaje reconoce que la propuesta de Freud es coherente y considera que es una importante contribución, sin embargo, discrepa con los pasos siguientes dados por Freud como forma de generar una interpretación que sea coherente con su postulado de que la conciencia que los individuos tienen de las razones de su actuar, es decir, de sus intenciones, no es confiable.
Habiendo reconocido un problema en la interpretación tradicional, Freud procuró resolverlo dentro del marco de algunos de los supuestos aceptados en su época. Uno de ellos es el supuesto llamado de la primacía de la mente o la conciencia, que forma otro de los pilares del programa metafísico. Como la conciencia, según Freud, no es capaz de explicar algunas de nuestras acciones, no hay más que suponer que tiene que existir otra entidad, de rango similar a la conciencia, pero diferente de ella por cuanto no se asocia a los fenómenos conscientes. La propuesta de Freud es que tenemos dos mentes, la consciente y la inconsciente. Con esto nos mantenemos dentro de la tradición que utiliza la mente como principio explicativo de la acción humana. En vez de cuestionar en concepto de intención, Freud lo extiende y, postula que además de nuestras intenciones conscientes tenemos también intenciones inconscientes. La ontología del lenguaje no coincide con la solución ofrecida por Freud a este problema.
Uno de los problemas del supuesto de intenciones es que implica partir cada acción en dos: la acción misma y la acción que nos lleva a actuar. Puesto que la acción que nos lleva a actuar es una acción en sí misma, ésta puede dividirse en dos nuevamente, la acción que nos lleva a actuar, por sí misma, y la acción que nos lleva a actuar, y así sucesivamente en regresión infinita. Al proceder de esta manera también se divide en dos a la persona que actúa: la persona revelada por las acciones que realiza y la persona que supuestamente está decidiéndose a actuar. Esto nos hace entrar nuevamente en una regresión infinita, ya que el decidirse a actuar es, en sí mismo, una acción que supuestamente alguien hace. La idea de que cada acción implica un yo que la hace ser similar a aquella que sostiene que, cada vez que vemos una flecha volando, debe haber un arquero que la disparó. Si hay una acción, suponemos que un agente o persona la hizo. La humanidad ha estado atrapada en este supuesto durante mucho tiempo. El separar la acción de la persona puede haberse originado en la forma en que hablamos, pues normalmente expresamos <"yo" hice tal cosa>. Las limitaciones de nuestro lenguaje a menudo ocasionan problemas filosóficos altamente sofisticados.
Una de las fortalezas del pensamiento científico es que, desde sus comienzos, se liberó del supuesto de que hay una persona creando los fenómenos. Nietzche fue un pensador que también observó que realizamos esta extraña operación de separación descrita arriba. Al igual que Nietzche, la ontología del lenguaje postula que "el agente es una ficción, el hacer lo es todo". La ontología del lenguaje sostiene que la acción y el sujeto, es decir, el "yo" que ejecuta la acción, no pueden separarse. En realidad, son las acciones que se ejecutan las que están permanentemente constituyendo al "yo". Sin acciones no hay "yo" y sin "yo" no hay acciones. De esto se deduce que somos quienes somos según las acciones que ejecutamos (y esto incluye los actos de hablar y de escuchar). Albert Einstein adoptó una posición similar. En una conferencia que dictó en Inglaterra sobre la metodología de la física teórica, dijo que si queremos entender lo que hace un científico no deberíamos basarnos en lo que el científico nos diría acerca de sus acciones, sino limitarnos a examinar su obra. Esta es también una de las posiciones centrales de la epistemología desarrollada por el filósofo de las ciencias Gaston Bachelard.
Cuando actuamos y cuando conversamos estamos constituyendo el "yo" que somos y, lo hacemos tanto para nosotros mismos como para los demás. Nuestras acciones incluyen tanto actos privados como públicos y también nuestras conversaciones privadas y públicas.
La noción de "intenciones" se desmorona al oponernos a separar a la persona de sus acciones. Según la ontología del lenguaje, es el supuesto mismo de intención el que debe ser sustituido.
La ontología del lenguaje propone una interpretación completamente diferente. Dice, inspirada en la filosofía de Martin Heidegger, que cada vez que actuamos podemos suponer que lo hacemos para hacernos cargo de algo. A este algo lo denominamos inquietud. Se puede decir, por lo tanto, que una acción se lleva a cabo para atender una inquietud. Se plantea la inquietud como la interpretación que damos sobre aquello de lo que nos hacemos cargo con la acción. En este sentido, inquietud es una interpretación que confiere sentido a las acciones que realizamos, un relato que fabricamos para darle sentido al actuar. Fabricamos algunas historias después de realizar las acciones y, otras, antes de hacerlo.
La ontología del lenguaje postula que el lugar en que debemos buscar las inquietudes no es "tras" la acción, ni en la mente de las personas, sino en el escuchar lo que la acción produce. Cuando observamos las acciones de las personas y cuando las escuchamos hablar, les otorgamos un sentido construyendo historias acerca de qué es aquello de lo que las acciones se hacen cargo. Plantea que las inquietudes no están radicadas en la acción misma o en la mente o en la conciencia de la persona que actúa, sino en cómo las interpretamos. Como tal, la inquietud es siempre un asunto de interpretación y reinterpretación. Nadie es dueño de las inquietudes y nadie tiene autoridad final para dar con la "inquietud verdadera". Cada persona tiene derecho a sus propias interpretaciones y a sus propias historias sobre sus acciones y las de los demás. El hecho de que tengamos historias acerca de nuestras propias acciones no las hace verdaderas. Algunas interpretaciones pueden estar mejor o peor fundamentadas, pueden ser más o menos válidas, más o menos poderosas. Según sea la interpretación que sostengamos, se nos abrirán ciertas posibilidades y se nos cerrarán otras. Historias diferentes crean mundos diferentes y formas de vida diferentes.
La ontología del lenguaje plantea las inquietudes como interpretaciones del sentido de nuestras acciones, como historias capaces de conferir sentido por cuanto responden a la pregunta sobre el qué es aquello de lo que el actuar se hace cargo. El sentido de las acciones remite a las interpretaciones que construimos a través del lenguaje, con el poder de la palabra. Se enfatiza que esas interpretaciones o historias residen en el escuchar de las acciones. Las inquietudes son distintas de las intenciones, puesto que ellas no residen en el orador sino en el escucha. Puesto que somos capaces de escuchar y observar nuestras propias acciones, somos capaces de atribuirles sentido.
Cuando escuchamos podemos escuchar las inquietudes de las personas y escuchamos el por qué las personas realizan las acciones que realizan. Cuando escuchamos no somos receptores pasivos de lo que se está diciendo, por el contrario, somos activos productores de historias. El escuchar es algo completamente activo. Las personas que saben escuchar son personas que se permiten interpretar constantemente lo que la gente a su alrededor está diciendo y haciendo. Quienes saben escuchar son buenos constructores de narrativas. Los que saben escuchar no aceptan de inmediato las historias que les cuentan, de hecho, a menudo las desafían. No se satisfacen con un único punto de vista. Al desplazarnos de las intenciones a las inquietudes hacemos un cambio radical en el centro de gravedad del fenómeno de escuchar. Al alejarnos del supuesto de que el acto de escuchar es un acto pasivo podemos observar la escucha como una acción a realizar, como una acción que puede ser diseñada y que se basa en competencias específicas que podemos aprender.
Cuando escuchamos no permanecemos como observadores indiferentes o neutrales, estamos reconstruyendo las acciones del orador e inventando historias acerca de por qué dijo lo que dijo. Hay otro aspecto que también participa en nuestro escuchar y es el hecho de que los seres humanos estamos obligadamente comprometidos con el mundo en que vivimos. Sabemos que lo que nos será posible en la vida no únicamente depende de nosotros, sino también de lo que acontezca en ese mundo al que estamos atados y que llevamos siempre con nosotros. Una de las grandes contribuciones de Martin Heidegger fue postular precisamente que no podemos separar el ser que somos del mundo dentro del cual somos. El fenómeno primario de la existencia humana es "ser-en-el-mundo", llamado Dasein por Heidegger.
Nuestra relación con el mundo es indisoluble y todo lo que acontece en él nos concierne. Una dimensión ontológica básica de la existencia humana es una inquietud permanente por lo que acontece en el mundo y por aquello que lo modifica y moldea. Al reconocer que el hablar es actuar y, por lo tanto, intervención que moldea al mundo, se reconoce otro aspecto crucial de escuchar. Todo el hablar trae consecuencias a nuestro mundo porque el hablar es acción. Todo hablar conlleva la posibilidad de abrirnos o cerrarnos posibilidades y tiene el potencial de modificar el futuro y lo que nos cabe esperar de él.
A menudo consideramos que lo dicho no va a cambiar nuestro mundo de manera significativa y, cuando hacemos este juicio, podemos adoptar una actitud neutral frente a lo que se dijo. Nuestra capacidad de escuchar algo de manera neutral proviene siempre de nuestro grado de compromiso con el mundo. El compromiso es primario y la neutralidad siempre es un derivado.
No hay escuchar que no esté basado en el futuro del que escucha, al escuchar se pone en juego es el modo como el oyente escucha que esas acciones afectarán su propio futuro.
Cuando conversamos, el hablar y el escuchar se entrelazan. Ambas partes hacen esto al mismo tiempo. Todo lo que uno dice es escuchado por el otro, quien fabrica dos clases de historias: una acerca de las inquietudes del orador cuando dice lo que dice y, la otra, acerca de la manera en la que lo dicho afectará el futuro del oyente. El filósofo alemán Hans-Georg Gadamer llamó a esto la "fusión de horizontes".
La "fusión de horizontes sucede en el escuchar de ambas partes. Cada parte aporta no sólo una historia a la conversación, ambas contribuyen con dos, una sobre las inquietudes de su interlocutor y la otra sobre sí mismo. En el acto de escuchar, ambas partes producen esta "fusión de horizontes". La manera en que la fusión se realiza en cada una de ellas nunca es la misma.
La gran contribución de la filosofía del lenguaje ha sido superar la tradicional concepción descriptiva del lenguaje y el reconocimiento del lenguaje como acción, por tanto, su capacidad de transformar el mundo. La ontología del lenguaje busca llevar la comprensión de éste ámbito de una comprensión diferente de la existencia humana. Su mirada es existencial y es dentro de ese contexto que analiza el fenómeno de escuchar.
Escuchar remite a tres ámbitos diferentes: el ámbito de la acción, el ámbito de las inquietudes (que le confieren sentido a la acción) y el ámbito de lo posible (definido por las consecuencias de las acciones del hablar).
Un cuarto ámbito, que resulta particularmente importante para la disciplina del "coaching ontológico" , es que hablamos de acuerdo a cómo somos. Este ámbito reconoce la relación entre hablar y ser. Lo que sostiene es que en el hablar, como una forma importante del actuar, se constituye el ser que somos. Al reconocer la relación entre hablar y ser se crea un ámbito particular del escuchar. Al hablar revelamos quiénes somos y quien nos escucha puede no sólo escuchar lo que decimos, puede también escuchar el ser que se constituye al decir aquello que decimos. El hablar no sólo nos crea, sino que también nos da a conocer, nos abre al otro, quien a través del escuchar tiene una llave de acceso a nuestra manera de ser, a lo que conocemos como alma humana. El escuchar propio del "coaching ontológico" se trata de un escuchar que trasciende lo dicho y que procura acceder al "ser".
Escuchar se convierte en un dominio para el aprendizaje y diseño y, no únicamente en un aspecto determinado de la vida humana, por lo tanto, tiene su lado práctico. El acto de escuchar está basado en la misma ética que nos constituye como seres lingüísticos, esto es, en el respeto mutuo, en aceptar que los otros son diferentes de nosotros y, que en tal diferencia son legítimos. El respeto mutuo es esencial para poder escuchar, sin la aceptación del otro como legítimo, autónomo y diferente, el escuchar no puede ocurrir. Al hablar nos abrimos a la posibilidad de exponer al ser que somos, hacemos accesible nuestra alma humana, hay en ello una particular apertura hacia el otro. Esta misma apertura debe estar presente, aunque de manera diferente, en quién escucha. Al respecto, Gadamer comenta que es importante escuchar al otro sin pasar por alto su planteamiento y escuchar lo que tiene que decirnos y, que para lograr esto, la apertura es necesaria. Gadamer explica que la apertura hacia el otro incluye el reconocimiento de que uno debe aceptar incluso algunas cosas que pueden ir en contra de uno.
Humberto Maturana expresa el mismo punto de vista de Gadamer cuando sostiene que "la aceptación del otro como legítimo otro" es requisito esencial del lenguaje. Cada vez que rechazamos a otro restringimos nuestra capacidad de escuchar, producimos la fantasía de escuchar al otro mientras estamos, básicamente, escuchándonos a nosotros mismos. Al hacer esto nos cerramos ante las posibilidades que los demás están generando.
Comprender el fenómeno del escuchar como únicamente transmisión de información es limitarlo. La condición fundamental para escuchar es la apertura. En verdad no podemos abrirnos en el sentido de que escuchar al otro nos diga cómo es ese otro realmente porque nunca podremos saber cómo son realmente las personas y las cosas, somos incluso un misterio para nosotros mismos. Solamente sabemos cómo observamos y cómo interpretamos y el escuchar parte de esta capacidad de observación e interpretación. Cuando escuchamos a otros, nos abrimos a ellos inventando historias sobre ellos mismos basadas en nuestras observaciones, pero serán siempre nuestras propias historias. La distinción de apertura sólo tiene sentido dentro del reconocimiento de que los seres humanos son sistemas cerrados.
La condición humana no se constituye en el dominio de nuestra biología, sino en el del lenguaje. La ontología del lenguaje denomina a la manera de ser que comparten todos los seres humanos como "ser ontológico", que equivaldría a lo que Martin Heidegger denominó Dasein. La ontología del lenguaje rescata lo que Heidegger señaló postulando que los seres humanos son seres cuyo mismo ser es relevante para ellos. Ser humano, en este sentido, es hacerse cargo de forma permanente del ser que se es. El "ser ontológico", por lo tanto, siempre está desgarrado por un sentido fundamental de incompletud. Los seres humanos no tienen una esencia fija, lo que es esencial en ellos es el estar siempre constituyéndose, estar siempre en un proceso de devenir. Debido a esto, el tiempo es un factor primordial para los seres humanos. Al mismo tiempo, dentro de esa manera común que compartimos los seres humanos, contamos con infinitas posibilidades de realización.
Llamamos "persona" a las diferentes maneras en que los distintos individuos realizan su manera común de ser como seres humanos. Como individuos somos todos iguales en cuanto a nuestro "ser ontológico" porque compartimos formas básicas que nos hacen a todos humanos y, por otro lado, somos distintas "personas" porque todos resolvemos los enigmas de la vida de distintas maneras.
La ontología del lenguaje postula que el fenómeno del escuchar está basado en esas dos dimensiones fundamentales de la existencia humana: "ser ontológico" y "persona". Nuestro ser ontológico nos permite entender a otros, puesto que cualquier otro ser humano es un camino posible de realización de nosotros mismos, sin embargo, somos personas diferentes, atendemos a nuestro ser de distintas maneras. Precisamente porque somos diferentes es que el acto de escuchar se vuelve una necesidad. Como personas, debemos concedernos plena autoridad en cuanto a que somos una expresión válida del fenómeno general de ser humano. Todo lo que interpretamos y observamos en otros es el reflejo de un alma diferente en el trasfondo de nuestro ser común.
El fenómeno del escuchar implica dos movimientos diferentes: el primero nos saca de nuestra "persona" (de la manera particular de ser que somos como individuos) y, el segundo afirma y nos acerca a nuestro "ser ontológico" (aquellos aspectos constitutivos del ser humano que compartimos con los demás).
La interacción comunicativa es como una danza, implica coordinación de acciones con otra persona. A esto se le llama el contexto de la conversación y éste condiciona nuestro escuchar. Cualquier cosa que se diga es escuchada dentro del contexto de la conversación que estamos sosteniendo. Otro factor importante que afecta nuestro escuchar es el estado emocional de la conversación, esto se refiere a una distinción a través de la cual damos cuenta de una predisposición -o de la falta de ella- para la acción. Siempre estamos en un estado emocional u otro y según ese estado el mundo y el futuro parecerán diferentes. El estado emocional de la persona tiñe la manera en que ve el mundo y el futuro y, asimismo, tiñe lo que escucha. En muchos casos, el significado que daremos a ciertas acciones y las posibilidades que veamos como consecuencia de ellas, serán completamente distintas cuando el estado emocional es diferente. Por lo tanto, si nos interesa mantener una escucha efectiva, debemos habituarnos a observar, en primer lugar, el estado emocional en que nos encontramos cuando conversamos y, en segundo lugar, el estado emocional de la persona con quien se sostiene la conversación. No seremos escuchados como esperamos si el estado emocional no es el adecuado para llevar a cabo la conversación.
No únicamente es de importancia observar el estado emocional de las personas cuando entablamos conversación, también hay que tomar en cuenta que la conversación misma permanentemente genera cambios en los estados emocionales de quienes participan en ella. Lo que decimos, la manera en que lo decimos y el momento en que lo decimos generan estados emocionales distintos en la persona que escucha. Distintas conversaciones tienen estados emocionales distintos y se pueden modificar al modificar la conversación. Para una comunicación efectiva es necesario aprender a ser buenos observadores del estado emocional de una conversación.
Hay muchas formas de juzgar el estado emocional de las personas, lo que dicen normalmente lo refleja. La manera en que una persona habla permite que el oyente escuche cómo está viendo esa persona el mundo y cuál es su posición respecto del futuro. Además de las conversaciones, también podemos juzgar el estado emocional de las personas observando su cuerpo. Nuestras posturas físicas son también maneras en que nuestra forma de ser se manifiesta. Un factor más que debe ser tomado en cuenta en relación con la escucha es la historia personal porque las personas escuchan lo que se les dice de maneras distintas de acuerdo a sus experiencias personales. La historia personal desempeña un papel importante en determinar no sólo quiénes somos sino también lo que seremos en el futuro. La persona siempre escucha a partir de esa historia porque el presente hereda del pasado inquietudes, posibilidades que aceptamos y negamos, y más. La historia de experiencias personales se reactualiza en la capacidad de escuchar que vamos teniendo en el presente. Esa historia personal abre o cierra nuestro escuchar y es uno de los principales filtros que anteponemos al momento de comunicarnos. Para una comunicación efectiva es importante cuestionarnos acerca de la manera en que nuestra historia personal podría estar afectando nuestra manera de escuchar, y cómo la historia personal del que nos escucha puede afectar su capacidad de escucharnos.
Cuando hablamos coordinamos acciones con otros y también participamos en crearnos una identidad con las personas que nos escuchan y, cualquier cosa que digamos contribuye a crear esta identidad en el dominio público. Al hablar, las personas no únicamente escuchan las acciones comprendidas en el discurso, sino que también emiten juicios y desarrollan historias acerca de la persona que habla.
El dominio de la confianza es de especial importancia en el modo en que somos escuchados. La confianza afecta directamente la credibilidad de lo que decimos y, por consiguiente, la manera en que nos escuchan los demás. Somos escuchados de manera muy distinta según si quien nos escucha confía o no en nosotros. La identidad que mutua que las personas tienen entre sí afecta la manera en que se escuchan unas a otras.
Cuando escuchamos también lo hacemos desde nuestro trasfondo histórico porque nuestra propia individualidad es el producto de condiciones históricas particulares. Como individuos, somos la encarnación de nuestro trasfondo histórico y esto implica tanto los discursos históricos como las prácticas sociales. Los discursos históricos son esas metanarrativas que generan identidad colectiva y son importantes para entender el fenómeno del escuchar porque son campos de generación de sentido. Cuando las personas provienen de discursos históricos similares o complementarios, ellos pueden llegar a ser parte de su sentido común, de aquél espacio que nos parece obvio. Personas de discursos históricos similares tienden a escuchar de manera similar y personas de discursos históricos diferentes pueden tener dificultades al momento de comunicarse. A menos que demos reconocimiento a que los diferentes tipos de escucha se relacionan con los distintos discursos históricos y logremos establecer puentes de comunicación, terminaremos culpándonos mutuamente de algo que nos antecede como individuos y frente a lo que tenemos escasa responsabilidad. La principal diferencia entre los discursos históricos y las prácticas sociales es que, mientras los primeros asumen forma de narrativas, las prácticas sociales son simplemente maneras recurrentes de actuar de las personas. Las prácticas sociales son maneras específicas de coordinar acciones. Una práctica social es una manera establecida de tratar de hacernos cargo de nuestras inquietudes como seres humanos en la sociedad en la que vivimos. Las prácticas sociales generalmente definen las entidades que son relevantes para tratar una inquietud y especifican las acciones que deben, pueden o no pueden ocurrir cuando nos ocupamos de esa inquietud, así como también las condiciones de satisfacción que esas acciones deben cumplir, de modo que podamos juzgar que la inquietud fue tratada eficazmente. En las prácticas sociales no existe necesariamente un relato que explique por qué hay que hacer las cosas de determinada manera, se hacen de esa manera simplemente porque esa es la forma en que en esa determinada comunidad se hacen las cosas. Una práctica social es el resultado de una particular deriva histórica que impuso una manera determinada de comportamiento. Cuando nos comportamos de una manera no aceptada por una sociedad determinada, la manera en que seremos escuchados puede ser muy perjudicial para nosotros.
El escuchar no es un fenómeno sencillo, pues muchos factores intervienen en la manera en que escuchamos y en la manera en que los demás nos escuchan. En un mundo tan diversificado como el nuestro, el escuchar se convierte en un asunto de gran importancia para asegurar una comunicación efectiva, el éxito personal y la convivencia misma.
La ontología del lenguaje sostiene que mientras mantengamos nuestro tradicional concepto del lenguaje y la comunicación, difícilmente podremos captar el fenómeno del escuchar o seremos capaces de desarrollar las competencias requeridas para producir una escucha más efectiva.
Si examinamos detenidamente la comunicación, nos percatamos de que ella descansa principalmente en escuchar y no en hablar. La escucha es un factor fundamental del lenguaje. Hablamos para ser escuchados y el hablar efectivo sólo se logra cuando es seguido de una escucha efectiva. Escuchar valida el hablar y, es el escuchar lo que confiere sentido a lo que decimos. Por lo tanto, el escuchar es lo que dirige todo el proceso de comunicación.
La concepción prevaleciente en nuestros días de la comunicación está basada en la noción de transmisión de información, esta es una noción heredada de la ingeniería de la comunicación y desarrollada por C. Shannon, entre otros. La noción de transmisión de información oculta, precisamente, la naturaleza problemática del escuchar humano. Esto sucede, a lo menos, por dos razones. Primero, porque no dice nada acerca de uno de los principales aspectos de la comunicación humana -la cuestión del sentido. No podemos abocarnos a la comunicación humana sin considerar la forma en que las personas entienden lo que se les dice. La forma como hacemos sentido de lo que se dice es constitutiva de la comunicación humana y es también un aspecto fundamental el acto de escuchar. La noción de transmisión de información sólo opera como una metáfora cuando se usa en la comunicación humana, sin embargo, distorsiona el fenómeno que pretende revelar. Segundo, nuestra manera tradicional de abordar la comunicación humana supone que los seres humanos se comunican entre sí de una manera instructiva. La comunicación instructiva se produce cuando el receptor es capaz de reproducir la información que se le está transmitiendo, pero los seres humanos, como argumenta Humberto Maturana, no tienen los mecanismos biológicos necesarios para que el proceso de transmisión de la información ocurra en la manera que describe la ingeniería de la comunicación. Los seres humanos al igual que todos los seres vivos son sistemas cerrados, esto significa que lo que les sucede en sus interacciones comunicativas está determinado por su propia estructura y no por el agente perturbador. Los seres humanos no poseen un mecanismo biológico que les permita "reproducir" lo que "realmente" está ocurriendo en su entorno. Las perturbaciones ambientales sólo "gatillan" nuestras respuestas dentro del espacio de posibilidades que la estructura humana permite.
Humberto Maturana señala que el fenómeno de la comunicación no depende de lo que se entrega, sino de lo que pasa con el que recibe. Esto es un asunto muy distinto a "transmitir información". Podemos concluir entonces que decimos lo que decimos y los demás lo que escuchan; escuchar y decir son fenómenos diferentes.
Normalmente damos por sentado que lo que escuchamos es lo que se ha dicho y suponemos que lo que decimos es lo que las personas escucharán. Comúnmente no nos preocupamos siquiera de verificar si el sentido que nosotros damos a lo que escuchamos corresponde a aquel que le da la persona que habla y, la mayoría de los problemas que enfrentamos en la comunicación surgen del hecho de que las personas no se dan cuenta de que escuchar difiere de hablar.
Escuchar no es lo mismo que oír, oír es un fenómeno biológico y, aunque escuchar tiene una raíz biológica y descansa en el fenómeno del oír, escuchar no es oír. Escuchar pertenece al dominio del lenguaje y se constituye en nuestras interacciones sociales con otros.
Lo que diferencia el escuchar del oír es que cuando escuchamos generamos mundos interpretativos. El acto de escuchar siempre implica comprensión y, por lo tanto, interpretación. Escuchar es oír sumado a interpretar. El factor interpretativo es de tal importancia en el fenómeno del escuchar que es posible escuchar aun cuando no haya sonidos y, en consecuencia, aun cuando no haya nada que oír. Podemos escuchar los silencios. Cuando escuchamos, no escuchamos solamente palabras, escuchamos también acciones, esto es clave para comprender el escuchar.
Cuando hablamos, normalmente no ejecutamos una acción, sino tres tipos de acciones relevantes para el proceso de comunicación humana. Fue el filósofo británico J.L. Austin quien originalmente hizo la distinción de estos tres tipos de acciones. En un primer nivel, está el acto de articular las palabras que decimos, Austin los llamó "actos locucionarios". En un segundo nivel, está la acción comprendida en decir lo que decimos. Finalmente, existe un tercer nivel de acción comprendido en el habla y Austin lo llamó "actos perlocucionarios" y ocupan de las acciones que tienen lugar porque se dijo algo, aquellas que se producen como consecuencia de lo que decimos. Un determinado acto ilocucionario puede asombrar, convencer, fastidiar, etcétera.
Siguiendo a Austin, podemos decir que cuando escuchamos, escuchamos los tres niveles de acción. Primero, escuchamos el nivel de lo que se dijo y cómo fue dicho. Segundo, escuchamos el nivel de la acción involucrada en lo que se dijo (sea esto una afirmación, una declaración, una petición, una oferta o una promesa). Tercero, escuchamos el nivel de las acciones que nuestra habla produce. En esta interpretación del lenguaje las palabras son herramientas que nos permiten mirar hacia todos esos niveles de acciones.
Hay una naturaleza activa en el escuchar, se puede escuchar mal o escuchar de manera efectiva. La ontología del lenguaje postula que esa parte del escuchar va más allá del hablar, es un aspecto primordial de escuchar efectivo. Cuando escuchamos, no solamente escuchamos las palabras que se hablan, también escuchamos las acciones implícitas en el hablar. Escuchar las acciones implícitas en el acto de hablar no es suficiente para asegurar la escucha efectiva, se requiere también de hacer dos preguntas básicas: ¿para qué está la persona ejecutando la acción? y ¿cuáles son las consecuencias de esta acción? Según la forma en que respondemos a esas preguntas, la misma acción puede ser escuchada de maneras muy distintas.
Las acciones aparecen como respuestas a un propósito, motivo o intención y, se supone que en estas intenciones reside nuestra conciencia o mente. Este supuesto es uno de los cimientos de la tradición racionalista.
El racionalismo supone que generalmente hay una intención o meta tras toda acción y la tradición racionalista busca las "razones" de las personas para actuar de la manera en que lo hacen. Una acción es considerada racional si corresponde a las intenciones conscientes que nos hemos fijado al ejecutarla. Desde esta perspectiva, uno de los factores básicos que hace que esta acción tenga sentido es su intención. Por lo tanto, una de las maneras en que damos sentido a una acción es descubriendo la "verdadera intención" que existe tras ella. Una acción que es coherente con su "razón" o "intención verdadera" es una acción racional.
Este problema se le presentó también a Sigmund Freud y él comenzó efectuando dos contribuciones importantes en relación a este problema. La primera fue señalar que los seres humanos actúan frecuentemente sin intenciones conscientes, es decir, sin un conocimiento claro de por qué lo hacen. La segunda es que aun cuando ellos creen saber por qué están haciendo lo que hacen, las razones que esgrimen pueden ser legítimamente impugnadas. Esto resulta precisamente la labor del terapeuta en el análisis: impugnar las "razones" del paciente y ofrecer "razones" distintas.
La ontología del lenguaje reconoce que la propuesta de Freud es coherente y considera que es una importante contribución, sin embargo, discrepa con los pasos siguientes dados por Freud como forma de generar una interpretación que sea coherente con su postulado de que la conciencia que los individuos tienen de las razones de su actuar, es decir, de sus intenciones, no es confiable.
Habiendo reconocido un problema en la interpretación tradicional, Freud procuró resolverlo dentro del marco de algunos de los supuestos aceptados en su época. Uno de ellos es el supuesto llamado de la primacía de la mente o la conciencia, que forma otro de los pilares del programa metafísico. Como la conciencia, según Freud, no es capaz de explicar algunas de nuestras acciones, no hay más que suponer que tiene que existir otra entidad, de rango similar a la conciencia, pero diferente de ella por cuanto no se asocia a los fenómenos conscientes. La propuesta de Freud es que tenemos dos mentes, la consciente y la inconsciente. Con esto nos mantenemos dentro de la tradición que utiliza la mente como principio explicativo de la acción humana. En vez de cuestionar en concepto de intención, Freud lo extiende y, postula que además de nuestras intenciones conscientes tenemos también intenciones inconscientes. La ontología del lenguaje no coincide con la solución ofrecida por Freud a este problema.
Uno de los problemas del supuesto de intenciones es que implica partir cada acción en dos: la acción misma y la acción que nos lleva a actuar. Puesto que la acción que nos lleva a actuar es una acción en sí misma, ésta puede dividirse en dos nuevamente, la acción que nos lleva a actuar, por sí misma, y la acción que nos lleva a actuar, y así sucesivamente en regresión infinita. Al proceder de esta manera también se divide en dos a la persona que actúa: la persona revelada por las acciones que realiza y la persona que supuestamente está decidiéndose a actuar. Esto nos hace entrar nuevamente en una regresión infinita, ya que el decidirse a actuar es, en sí mismo, una acción que supuestamente alguien hace. La idea de que cada acción implica un yo que la hace ser similar a aquella que sostiene que, cada vez que vemos una flecha volando, debe haber un arquero que la disparó. Si hay una acción, suponemos que un agente o persona la hizo. La humanidad ha estado atrapada en este supuesto durante mucho tiempo. El separar la acción de la persona puede haberse originado en la forma en que hablamos, pues normalmente expresamos <"yo" hice tal cosa>. Las limitaciones de nuestro lenguaje a menudo ocasionan problemas filosóficos altamente sofisticados.
Una de las fortalezas del pensamiento científico es que, desde sus comienzos, se liberó del supuesto de que hay una persona creando los fenómenos. Nietzche fue un pensador que también observó que realizamos esta extraña operación de separación descrita arriba. Al igual que Nietzche, la ontología del lenguaje postula que "el agente es una ficción, el hacer lo es todo". La ontología del lenguaje sostiene que la acción y el sujeto, es decir, el "yo" que ejecuta la acción, no pueden separarse. En realidad, son las acciones que se ejecutan las que están permanentemente constituyendo al "yo". Sin acciones no hay "yo" y sin "yo" no hay acciones. De esto se deduce que somos quienes somos según las acciones que ejecutamos (y esto incluye los actos de hablar y de escuchar). Albert Einstein adoptó una posición similar. En una conferencia que dictó en Inglaterra sobre la metodología de la física teórica, dijo que si queremos entender lo que hace un científico no deberíamos basarnos en lo que el científico nos diría acerca de sus acciones, sino limitarnos a examinar su obra. Esta es también una de las posiciones centrales de la epistemología desarrollada por el filósofo de las ciencias Gaston Bachelard.
Cuando actuamos y cuando conversamos estamos constituyendo el "yo" que somos y, lo hacemos tanto para nosotros mismos como para los demás. Nuestras acciones incluyen tanto actos privados como públicos y también nuestras conversaciones privadas y públicas.
La noción de "intenciones" se desmorona al oponernos a separar a la persona de sus acciones. Según la ontología del lenguaje, es el supuesto mismo de intención el que debe ser sustituido.
La ontología del lenguaje propone una interpretación completamente diferente. Dice, inspirada en la filosofía de Martin Heidegger, que cada vez que actuamos podemos suponer que lo hacemos para hacernos cargo de algo. A este algo lo denominamos inquietud. Se puede decir, por lo tanto, que una acción se lleva a cabo para atender una inquietud. Se plantea la inquietud como la interpretación que damos sobre aquello de lo que nos hacemos cargo con la acción. En este sentido, inquietud es una interpretación que confiere sentido a las acciones que realizamos, un relato que fabricamos para darle sentido al actuar. Fabricamos algunas historias después de realizar las acciones y, otras, antes de hacerlo.
La ontología del lenguaje postula que el lugar en que debemos buscar las inquietudes no es "tras" la acción, ni en la mente de las personas, sino en el escuchar lo que la acción produce. Cuando observamos las acciones de las personas y cuando las escuchamos hablar, les otorgamos un sentido construyendo historias acerca de qué es aquello de lo que las acciones se hacen cargo. Plantea que las inquietudes no están radicadas en la acción misma o en la mente o en la conciencia de la persona que actúa, sino en cómo las interpretamos. Como tal, la inquietud es siempre un asunto de interpretación y reinterpretación. Nadie es dueño de las inquietudes y nadie tiene autoridad final para dar con la "inquietud verdadera". Cada persona tiene derecho a sus propias interpretaciones y a sus propias historias sobre sus acciones y las de los demás. El hecho de que tengamos historias acerca de nuestras propias acciones no las hace verdaderas. Algunas interpretaciones pueden estar mejor o peor fundamentadas, pueden ser más o menos válidas, más o menos poderosas. Según sea la interpretación que sostengamos, se nos abrirán ciertas posibilidades y se nos cerrarán otras. Historias diferentes crean mundos diferentes y formas de vida diferentes.
La ontología del lenguaje plantea las inquietudes como interpretaciones del sentido de nuestras acciones, como historias capaces de conferir sentido por cuanto responden a la pregunta sobre el qué es aquello de lo que el actuar se hace cargo. El sentido de las acciones remite a las interpretaciones que construimos a través del lenguaje, con el poder de la palabra. Se enfatiza que esas interpretaciones o historias residen en el escuchar de las acciones. Las inquietudes son distintas de las intenciones, puesto que ellas no residen en el orador sino en el escucha. Puesto que somos capaces de escuchar y observar nuestras propias acciones, somos capaces de atribuirles sentido.
Cuando escuchamos podemos escuchar las inquietudes de las personas y escuchamos el por qué las personas realizan las acciones que realizan. Cuando escuchamos no somos receptores pasivos de lo que se está diciendo, por el contrario, somos activos productores de historias. El escuchar es algo completamente activo. Las personas que saben escuchar son personas que se permiten interpretar constantemente lo que la gente a su alrededor está diciendo y haciendo. Quienes saben escuchar son buenos constructores de narrativas. Los que saben escuchar no aceptan de inmediato las historias que les cuentan, de hecho, a menudo las desafían. No se satisfacen con un único punto de vista. Al desplazarnos de las intenciones a las inquietudes hacemos un cambio radical en el centro de gravedad del fenómeno de escuchar. Al alejarnos del supuesto de que el acto de escuchar es un acto pasivo podemos observar la escucha como una acción a realizar, como una acción que puede ser diseñada y que se basa en competencias específicas que podemos aprender.
Cuando escuchamos no permanecemos como observadores indiferentes o neutrales, estamos reconstruyendo las acciones del orador e inventando historias acerca de por qué dijo lo que dijo. Hay otro aspecto que también participa en nuestro escuchar y es el hecho de que los seres humanos estamos obligadamente comprometidos con el mundo en que vivimos. Sabemos que lo que nos será posible en la vida no únicamente depende de nosotros, sino también de lo que acontezca en ese mundo al que estamos atados y que llevamos siempre con nosotros. Una de las grandes contribuciones de Martin Heidegger fue postular precisamente que no podemos separar el ser que somos del mundo dentro del cual somos. El fenómeno primario de la existencia humana es "ser-en-el-mundo", llamado Dasein por Heidegger.
Nuestra relación con el mundo es indisoluble y todo lo que acontece en él nos concierne. Una dimensión ontológica básica de la existencia humana es una inquietud permanente por lo que acontece en el mundo y por aquello que lo modifica y moldea. Al reconocer que el hablar es actuar y, por lo tanto, intervención que moldea al mundo, se reconoce otro aspecto crucial de escuchar. Todo el hablar trae consecuencias a nuestro mundo porque el hablar es acción. Todo hablar conlleva la posibilidad de abrirnos o cerrarnos posibilidades y tiene el potencial de modificar el futuro y lo que nos cabe esperar de él.
A menudo consideramos que lo dicho no va a cambiar nuestro mundo de manera significativa y, cuando hacemos este juicio, podemos adoptar una actitud neutral frente a lo que se dijo. Nuestra capacidad de escuchar algo de manera neutral proviene siempre de nuestro grado de compromiso con el mundo. El compromiso es primario y la neutralidad siempre es un derivado.
No hay escuchar que no esté basado en el futuro del que escucha, al escuchar se pone en juego es el modo como el oyente escucha que esas acciones afectarán su propio futuro.
Cuando conversamos, el hablar y el escuchar se entrelazan. Ambas partes hacen esto al mismo tiempo. Todo lo que uno dice es escuchado por el otro, quien fabrica dos clases de historias: una acerca de las inquietudes del orador cuando dice lo que dice y, la otra, acerca de la manera en la que lo dicho afectará el futuro del oyente. El filósofo alemán Hans-Georg Gadamer llamó a esto la "fusión de horizontes".
La "fusión de horizontes sucede en el escuchar de ambas partes. Cada parte aporta no sólo una historia a la conversación, ambas contribuyen con dos, una sobre las inquietudes de su interlocutor y la otra sobre sí mismo. En el acto de escuchar, ambas partes producen esta "fusión de horizontes". La manera en que la fusión se realiza en cada una de ellas nunca es la misma.
La gran contribución de la filosofía del lenguaje ha sido superar la tradicional concepción descriptiva del lenguaje y el reconocimiento del lenguaje como acción, por tanto, su capacidad de transformar el mundo. La ontología del lenguaje busca llevar la comprensión de éste ámbito de una comprensión diferente de la existencia humana. Su mirada es existencial y es dentro de ese contexto que analiza el fenómeno de escuchar.
Escuchar remite a tres ámbitos diferentes: el ámbito de la acción, el ámbito de las inquietudes (que le confieren sentido a la acción) y el ámbito de lo posible (definido por las consecuencias de las acciones del hablar).
Un cuarto ámbito, que resulta particularmente importante para la disciplina del "coaching ontológico" , es que hablamos de acuerdo a cómo somos. Este ámbito reconoce la relación entre hablar y ser. Lo que sostiene es que en el hablar, como una forma importante del actuar, se constituye el ser que somos. Al reconocer la relación entre hablar y ser se crea un ámbito particular del escuchar. Al hablar revelamos quiénes somos y quien nos escucha puede no sólo escuchar lo que decimos, puede también escuchar el ser que se constituye al decir aquello que decimos. El hablar no sólo nos crea, sino que también nos da a conocer, nos abre al otro, quien a través del escuchar tiene una llave de acceso a nuestra manera de ser, a lo que conocemos como alma humana. El escuchar propio del "coaching ontológico" se trata de un escuchar que trasciende lo dicho y que procura acceder al "ser".
Escuchar se convierte en un dominio para el aprendizaje y diseño y, no únicamente en un aspecto determinado de la vida humana, por lo tanto, tiene su lado práctico. El acto de escuchar está basado en la misma ética que nos constituye como seres lingüísticos, esto es, en el respeto mutuo, en aceptar que los otros son diferentes de nosotros y, que en tal diferencia son legítimos. El respeto mutuo es esencial para poder escuchar, sin la aceptación del otro como legítimo, autónomo y diferente, el escuchar no puede ocurrir. Al hablar nos abrimos a la posibilidad de exponer al ser que somos, hacemos accesible nuestra alma humana, hay en ello una particular apertura hacia el otro. Esta misma apertura debe estar presente, aunque de manera diferente, en quién escucha. Al respecto, Gadamer comenta que es importante escuchar al otro sin pasar por alto su planteamiento y escuchar lo que tiene que decirnos y, que para lograr esto, la apertura es necesaria. Gadamer explica que la apertura hacia el otro incluye el reconocimiento de que uno debe aceptar incluso algunas cosas que pueden ir en contra de uno.
Humberto Maturana expresa el mismo punto de vista de Gadamer cuando sostiene que "la aceptación del otro como legítimo otro" es requisito esencial del lenguaje. Cada vez que rechazamos a otro restringimos nuestra capacidad de escuchar, producimos la fantasía de escuchar al otro mientras estamos, básicamente, escuchándonos a nosotros mismos. Al hacer esto nos cerramos ante las posibilidades que los demás están generando.
Comprender el fenómeno del escuchar como únicamente transmisión de información es limitarlo. La condición fundamental para escuchar es la apertura. En verdad no podemos abrirnos en el sentido de que escuchar al otro nos diga cómo es ese otro realmente porque nunca podremos saber cómo son realmente las personas y las cosas, somos incluso un misterio para nosotros mismos. Solamente sabemos cómo observamos y cómo interpretamos y el escuchar parte de esta capacidad de observación e interpretación. Cuando escuchamos a otros, nos abrimos a ellos inventando historias sobre ellos mismos basadas en nuestras observaciones, pero serán siempre nuestras propias historias. La distinción de apertura sólo tiene sentido dentro del reconocimiento de que los seres humanos son sistemas cerrados.
La condición humana no se constituye en el dominio de nuestra biología, sino en el del lenguaje. La ontología del lenguaje denomina a la manera de ser que comparten todos los seres humanos como "ser ontológico", que equivaldría a lo que Martin Heidegger denominó Dasein. La ontología del lenguaje rescata lo que Heidegger señaló postulando que los seres humanos son seres cuyo mismo ser es relevante para ellos. Ser humano, en este sentido, es hacerse cargo de forma permanente del ser que se es. El "ser ontológico", por lo tanto, siempre está desgarrado por un sentido fundamental de incompletud. Los seres humanos no tienen una esencia fija, lo que es esencial en ellos es el estar siempre constituyéndose, estar siempre en un proceso de devenir. Debido a esto, el tiempo es un factor primordial para los seres humanos. Al mismo tiempo, dentro de esa manera común que compartimos los seres humanos, contamos con infinitas posibilidades de realización.
Llamamos "persona" a las diferentes maneras en que los distintos individuos realizan su manera común de ser como seres humanos. Como individuos somos todos iguales en cuanto a nuestro "ser ontológico" porque compartimos formas básicas que nos hacen a todos humanos y, por otro lado, somos distintas "personas" porque todos resolvemos los enigmas de la vida de distintas maneras.
La ontología del lenguaje postula que el fenómeno del escuchar está basado en esas dos dimensiones fundamentales de la existencia humana: "ser ontológico" y "persona". Nuestro ser ontológico nos permite entender a otros, puesto que cualquier otro ser humano es un camino posible de realización de nosotros mismos, sin embargo, somos personas diferentes, atendemos a nuestro ser de distintas maneras. Precisamente porque somos diferentes es que el acto de escuchar se vuelve una necesidad. Como personas, debemos concedernos plena autoridad en cuanto a que somos una expresión válida del fenómeno general de ser humano. Todo lo que interpretamos y observamos en otros es el reflejo de un alma diferente en el trasfondo de nuestro ser común.
El fenómeno del escuchar implica dos movimientos diferentes: el primero nos saca de nuestra "persona" (de la manera particular de ser que somos como individuos) y, el segundo afirma y nos acerca a nuestro "ser ontológico" (aquellos aspectos constitutivos del ser humano que compartimos con los demás).
La interacción comunicativa es como una danza, implica coordinación de acciones con otra persona. A esto se le llama el contexto de la conversación y éste condiciona nuestro escuchar. Cualquier cosa que se diga es escuchada dentro del contexto de la conversación que estamos sosteniendo. Otro factor importante que afecta nuestro escuchar es el estado emocional de la conversación, esto se refiere a una distinción a través de la cual damos cuenta de una predisposición -o de la falta de ella- para la acción. Siempre estamos en un estado emocional u otro y según ese estado el mundo y el futuro parecerán diferentes. El estado emocional de la persona tiñe la manera en que ve el mundo y el futuro y, asimismo, tiñe lo que escucha. En muchos casos, el significado que daremos a ciertas acciones y las posibilidades que veamos como consecuencia de ellas, serán completamente distintas cuando el estado emocional es diferente. Por lo tanto, si nos interesa mantener una escucha efectiva, debemos habituarnos a observar, en primer lugar, el estado emocional en que nos encontramos cuando conversamos y, en segundo lugar, el estado emocional de la persona con quien se sostiene la conversación. No seremos escuchados como esperamos si el estado emocional no es el adecuado para llevar a cabo la conversación.
No únicamente es de importancia observar el estado emocional de las personas cuando entablamos conversación, también hay que tomar en cuenta que la conversación misma permanentemente genera cambios en los estados emocionales de quienes participan en ella. Lo que decimos, la manera en que lo decimos y el momento en que lo decimos generan estados emocionales distintos en la persona que escucha. Distintas conversaciones tienen estados emocionales distintos y se pueden modificar al modificar la conversación. Para una comunicación efectiva es necesario aprender a ser buenos observadores del estado emocional de una conversación.
Hay muchas formas de juzgar el estado emocional de las personas, lo que dicen normalmente lo refleja. La manera en que una persona habla permite que el oyente escuche cómo está viendo esa persona el mundo y cuál es su posición respecto del futuro. Además de las conversaciones, también podemos juzgar el estado emocional de las personas observando su cuerpo. Nuestras posturas físicas son también maneras en que nuestra forma de ser se manifiesta. Un factor más que debe ser tomado en cuenta en relación con la escucha es la historia personal porque las personas escuchan lo que se les dice de maneras distintas de acuerdo a sus experiencias personales. La historia personal desempeña un papel importante en determinar no sólo quiénes somos sino también lo que seremos en el futuro. La persona siempre escucha a partir de esa historia porque el presente hereda del pasado inquietudes, posibilidades que aceptamos y negamos, y más. La historia de experiencias personales se reactualiza en la capacidad de escuchar que vamos teniendo en el presente. Esa historia personal abre o cierra nuestro escuchar y es uno de los principales filtros que anteponemos al momento de comunicarnos. Para una comunicación efectiva es importante cuestionarnos acerca de la manera en que nuestra historia personal podría estar afectando nuestra manera de escuchar, y cómo la historia personal del que nos escucha puede afectar su capacidad de escucharnos.
Cuando hablamos coordinamos acciones con otros y también participamos en crearnos una identidad con las personas que nos escuchan y, cualquier cosa que digamos contribuye a crear esta identidad en el dominio público. Al hablar, las personas no únicamente escuchan las acciones comprendidas en el discurso, sino que también emiten juicios y desarrollan historias acerca de la persona que habla.
El dominio de la confianza es de especial importancia en el modo en que somos escuchados. La confianza afecta directamente la credibilidad de lo que decimos y, por consiguiente, la manera en que nos escuchan los demás. Somos escuchados de manera muy distinta según si quien nos escucha confía o no en nosotros. La identidad que mutua que las personas tienen entre sí afecta la manera en que se escuchan unas a otras.
Cuando escuchamos también lo hacemos desde nuestro trasfondo histórico porque nuestra propia individualidad es el producto de condiciones históricas particulares. Como individuos, somos la encarnación de nuestro trasfondo histórico y esto implica tanto los discursos históricos como las prácticas sociales. Los discursos históricos son esas metanarrativas que generan identidad colectiva y son importantes para entender el fenómeno del escuchar porque son campos de generación de sentido. Cuando las personas provienen de discursos históricos similares o complementarios, ellos pueden llegar a ser parte de su sentido común, de aquél espacio que nos parece obvio. Personas de discursos históricos similares tienden a escuchar de manera similar y personas de discursos históricos diferentes pueden tener dificultades al momento de comunicarse. A menos que demos reconocimiento a que los diferentes tipos de escucha se relacionan con los distintos discursos históricos y logremos establecer puentes de comunicación, terminaremos culpándonos mutuamente de algo que nos antecede como individuos y frente a lo que tenemos escasa responsabilidad. La principal diferencia entre los discursos históricos y las prácticas sociales es que, mientras los primeros asumen forma de narrativas, las prácticas sociales son simplemente maneras recurrentes de actuar de las personas. Las prácticas sociales son maneras específicas de coordinar acciones. Una práctica social es una manera establecida de tratar de hacernos cargo de nuestras inquietudes como seres humanos en la sociedad en la que vivimos. Las prácticas sociales generalmente definen las entidades que son relevantes para tratar una inquietud y especifican las acciones que deben, pueden o no pueden ocurrir cuando nos ocupamos de esa inquietud, así como también las condiciones de satisfacción que esas acciones deben cumplir, de modo que podamos juzgar que la inquietud fue tratada eficazmente. En las prácticas sociales no existe necesariamente un relato que explique por qué hay que hacer las cosas de determinada manera, se hacen de esa manera simplemente porque esa es la forma en que en esa determinada comunidad se hacen las cosas. Una práctica social es el resultado de una particular deriva histórica que impuso una manera determinada de comportamiento. Cuando nos comportamos de una manera no aceptada por una sociedad determinada, la manera en que seremos escuchados puede ser muy perjudicial para nosotros.
El escuchar no es un fenómeno sencillo, pues muchos factores intervienen en la manera en que escuchamos y en la manera en que los demás nos escuchan. En un mundo tan diversificado como el nuestro, el escuchar se convierte en un asunto de gran importancia para asegurar una comunicación efectiva, el éxito personal y la convivencia misma.
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4. Los juicios
Los juicios de valor presentan una opinión y, en materia de opinión, a diferencia de lo que sucede con los hechos, no cabe esperar el mismo grado de concordancia entre las personas.
Muchas de nuestras concepciones acerca del bien y del mal, acerca de la justicia, sabiduría, belleza y verdad están basadas en el supuesto de que podemos tratarlas en forma objetiva, con independencia del observador que hace la aseveración. Muchas interrogantes que han preocupado a la filosofía derivan precisamente del hecho de que no siempre se han diferenciado las aseveraciones. Bertrand Russell llegó a comentar que la mayoría de los problemas filosóficos tienen su raíz en errores lógicos o gramaticales y, Ludwig Wittgenstein reiteró una idea similar cuando sostuvo que los problemas filosóficos surgen cuando el lenguaje "se va de vacaciones". Muchos de los laberintos metafísicos que han generado confusiones durante siglos se han producido por no hacer una distinción tajante entre los dos tipos de aseveraciones que existen.
Este es un asunto que no se relaciona exclusivamente con interrogantes filosóficas abstractas sino que llega a permear completamente en nuestra vida diaria: en las relaciones personales, trabajo, manera en que estructuramos y escuchamos las noticias, etcétera. Ante esto, la ontología del lenguaje plantea la necesidad de hacer una marcada distinción entre aseveraciones y, para ello, abandonar la antigua interpretación de que el lenguaje describe la realidad. Sólo partiendo del reconocimiento de que el lenguaje es acción es que podremos advertir la profunda diferencia entre las aseveraciones.
La ontología del lenguaje sostiene que las aseveraciones, independientemente de sus similitudes formales, implican dos acciones diferentes, dos actos lingüísticos distintos cuya diferencia sólo puede advertirse cuando se percibe al lenguaje como acción. Se dice que son acciones diferentes porque el orador que formula las aseveraciones se está comprometiendo en cada caso a algo muy distinto cuando pronuncia una u otra. La ontología del lenguaje sostiene que el hablar no es un acto inocente porque cada vez que uno habla se compromete de una manera u otra en la comunidad en la que habla y todo hablar tiene una eficacia práctica en la medida en que modifica al mundo y lo que es posible. Este postulado permite decir que hay 5 actos lingüísticos fundamentales, que son:
1.Afirmaciones (Son aquellos actos lingüísticos en los que describimos la manera como observamos las cosas. El lenguaje de las afirmaciones se somete a un mundo ya existente. En este caso el mundo dirige y la palabra lo sigue. El lenguaje de las afirmaciones es el lenguaje que utilizamos para hablar acerca de los fenómenos o los hechos. Pueden ser verdaderas o falsas. Son actos lingüísticos mediante los cuales nos comprometemos a proporcionar evidencia de lo que estamos diciendo si se nos solicita. Las afirmaciones operan dentro de un determinado espacio de consenso social y las distintas comunidades desarrollan distintos consensos sociales mediante los cuales aceptan algo como verdadero o falso. Los consensos que la comunidad establece son obligatorios para todos los miembros de la comunidad y, toda comunidad crea un "espacio declarativo" consensual en el cual sus miembros pueden formular afirmaciones. Por lo tanto, lo que se considera verdadero en una comunidad puede cambiar según el consenso social vigente. Lo que resulta verdadero o falso, por lo tanto, siempre es un asunto de consenso social. Una afirmación es siempre dentro de, y para, una determinada comunidad en un momento histórico dado.)
2.Declaraciones (A diferencia de lo que sucede con las afirmaciones, cuando se hace una declaración, las palabras guían y el mundo las sigue. Las declaraciones no existen hasta que alguien las formula. Cuando hacemos una declaración nos estamos comprometiendo, implícitamente, a tener autoridad para hacerlo. El compromiso social que involucra una declaración es, por lo tanto, muy distinto al que involucra una afirmación.)
3.Promesas
4.Peticiones
5.Ofertas
En la medida en que estos actos lingüísticos implican distintos compromisos sociales, como diferentes maneras de intervención, pueden ser clasificados como acciones diferentes.
En los juicios el compromiso del orador no es proporcionar evidencia, la formulación de este tipo de enunciados no implica que cualquiera que hubiese estado en el lugar de los hechos coincida necesariamente con la persona que los formula. Los juicios pertenecen a la clase de actos lingüísticos básicos que se denominan declaraciones. Las declaraciones son distintas a las afirmaciones porque generan nuevos mundos.
Los juicios son como veredictos, tal como sucede con las declaraciones, con ellos se crean realidades nuevas que sólo existen en el lenguaje, no describen algo que ya existiera antes de que fueran éstos formulados. Los juicios no apuntan hacia cualidades, propiedades, atributos, etcétera, sino que la realidad que generan reside totalmente en la interpretación que proveen. Son enteramente lingüísticos.
El juicio siempre vive en la persona que lo formula y, si una comunidad ha otorgado autoridad a alguien para emitir un juicio, éste puede ser considerado como un juicio válido para dicha comunidad. Sin embargo, aun cuando esta situación se de, siempre podemos no estar de acuerdo y tener una opinión distinta. Los juicios, a diferencia de las afirmaciones, no atan, siempre dan lugar a la discrepancia.
Los juicios son declaraciones pero no toda declaración es un juicio. Al igual que en las declaraciones, la eficacia social de los juicios reside en la autoridad que tengamos para hacerlos. Las personas, sin embargo, se mantienen continuamente emitiendo juicios, aun cuando no se les haya otorgado autoridad. Los juicios, como sucede en toda declaración, son válidos o inválidos, dependiendo de la autoridad que tenga la persona para hacerlos. Los juicios requieren de un compromiso adicional que no es necesario para todas las declaraciones: el compromiso es que los juicios estén "fundados" en una cierta tradición. Por consiguiente, no son únicamente válidos o inválidos, también son fundados o infundados de acuerdo a la manera en que se relacionan con determinada tradición, es decir, con el pasado.
Los seres humanos somos generadores incesantes de juicios, lo hacemos todo el tiempo y prácticamente sobre todo lo que observamos. Cada vez que enfrentamos algo nuevo comenzamos a emitir juicios casi de una manera automática. Nietzche advirtió que uno de los rasgos distintivos del ser humano es ser un animal que enjuicia. La clave del juicio es el futuro porque si no estuviéramos preocupados del futuro no habría necesidad de juicios. En cuanto suponemos que el pasado nos puede guiar hacia el futuro emitimos juicios y lo hacemos porque el futuro nos inquieta.
Nuestra capacidad de aprender nos permite desafiar aquellos juicios que tenemos acerca de nosotros mismos y estar abiertos a revisar los juicios que tenemos acerca de los demás. Como el futuro puede ser distinto del pasado, debemos ser lo suficientemente abiertos como para tratar los propios juicios como señales temporales para someternos a revisiones constantes. El diseño estratégico se refiere a una estrategia para de pensar el futuro y diseñar las propias acciones, que toma en cuenta el hecho de que éste se genera en la interacción con los otros y que estos otros pueden modificar sus juicios y por tanto, sus acciones de acuerdo, entre otros factores, al juicio que tengan sobre los juicios que nosotros podamos tener acerca de ellos. Los líderes y quienes, en general, son responsables de diseñar el futuro, saben cómo aprovechar plenamente los juicios para orientarse en medio de la incertidumbre y, al mismo tiempo, deben evitar convertirse en prisioneros de sus juicios o del pasado que esos juicios traen consigo y, aceptar que se pueden producir nuevas situaciones.
Los juicios conectan al pasado, presente y futuro.
Una de las consecuencias de no hacer la diferencia entre afirmaciones y juicios es que ello lleva a tratar a los juicios como si fueran afirmaciones y, cuando se hace esto, se restringen las propias posibilidades de acción y no se aprovechan los juicios que se proveen. Lo que se escapa en este caso es la conexión entre juicio y acción, pues el cambiar los actos permite que cambien también los juicios acerca de la persona que actúa. Al tomar al juicio como afirmación se anulan las posibilidades de aprendizaje e innovación que los juicios brindan, se elimina la posibilidad de modificar el pasado y crear una realidad distinta.
En medida que modificamos nuestras acciones, modificamos también nuestra identidad y esto abre la posibilidad de que se modifiquen también los juicios que otros tienen acerca de nosotros.
Llamamos fundamento de los juicios a la manera en que el pasado puede usarse para formular juicios que nos apoyen para tratar el futuro. Los fundamentos conectan las tres instancias de la estructura de temporalidad: pasado, presente y futuro.
El proceso de fundar un juicio se divide en 5 condiciones básicas:
1. Emitimos un juicio por algo o para algo. Proyectamos una acción hacia el futuro cuando lo emitimos.
2. Cada vez que emitimos un juicio estamos suponiendo que se coteja con un conjunto de estándares de comportamiento para juzgar el desempeño de los individuos, que nos permiten evaluar la efectividad de sus acciones. Estándares sostenidos en relación a la acción futura proyectada.
3. Cuando emitimos un juicio, generalmente lo hacemos desde un dominio particular de observación.
4. Se logra fundar los juicios al proveer afirmaciones en relación con lo que estamos juzgando.
5. La cantidad de afirmaciones que somos capaces de proveer para fundar un juicio no garantiza que lo consideremos bien fundado.
Cuando hacemos una afirmación nos comprometemos a proporcionar evidencia y, cuando hacemos un juicio, primero, a tener la autoridad que nos permita emitir ese juicio y, segundo, proporcionar fundamentos para ese juicio.
La capacidad del lenguaje de revelar el ser de quien habla, de por sí válida, es particularmente característica cuando se examinan los juicios. Comúnmente pensamos que al emitir un juicio estamos sólo enjuiciando aquello de lo que el juicio habla, no siempre percibimos que se revela mucho de nosotros al emitirlo. Los juicios tienen una doble cara porque una de sus caras mira hacia el mundo y la otra hacia el ser que somos. Los juicios siempre hablan de quienes los emiten.
Es en el terreno de los juicios donde los seres humanos libran la batalla del sentido de la vida porque es en el nivel de los juicios donde se define el sentido o sin sentido de la existencia. De allí que Nietzche advierta que sin evaluaciones y sin capacidad de emitir juicios, el núcleo de la existencia queda vacío.
Los juicios proporcionan a los seres humanos parámetros básicos a través de los cuales transcurrirá la existencia y también brindan la dirección desde la cual los individuos se transforman a sí mismos y se introducen en el futuro. En ese sentido, es difícil encontrar algo que posea el grado de importancia que alcanzan los juicios en la vida del ser humano, pues representan el núcleo fundamental de la existencia humana y comprometen la vida misma. El ser humano libre es aquel que ha sometido sus valores a un juicio crítico y puede concluir que sus juicios le pertenecen a él y no él a sus juicios.
Muchas de nuestras concepciones acerca del bien y del mal, acerca de la justicia, sabiduría, belleza y verdad están basadas en el supuesto de que podemos tratarlas en forma objetiva, con independencia del observador que hace la aseveración. Muchas interrogantes que han preocupado a la filosofía derivan precisamente del hecho de que no siempre se han diferenciado las aseveraciones. Bertrand Russell llegó a comentar que la mayoría de los problemas filosóficos tienen su raíz en errores lógicos o gramaticales y, Ludwig Wittgenstein reiteró una idea similar cuando sostuvo que los problemas filosóficos surgen cuando el lenguaje "se va de vacaciones". Muchos de los laberintos metafísicos que han generado confusiones durante siglos se han producido por no hacer una distinción tajante entre los dos tipos de aseveraciones que existen.
Este es un asunto que no se relaciona exclusivamente con interrogantes filosóficas abstractas sino que llega a permear completamente en nuestra vida diaria: en las relaciones personales, trabajo, manera en que estructuramos y escuchamos las noticias, etcétera. Ante esto, la ontología del lenguaje plantea la necesidad de hacer una marcada distinción entre aseveraciones y, para ello, abandonar la antigua interpretación de que el lenguaje describe la realidad. Sólo partiendo del reconocimiento de que el lenguaje es acción es que podremos advertir la profunda diferencia entre las aseveraciones.
La ontología del lenguaje sostiene que las aseveraciones, independientemente de sus similitudes formales, implican dos acciones diferentes, dos actos lingüísticos distintos cuya diferencia sólo puede advertirse cuando se percibe al lenguaje como acción. Se dice que son acciones diferentes porque el orador que formula las aseveraciones se está comprometiendo en cada caso a algo muy distinto cuando pronuncia una u otra. La ontología del lenguaje sostiene que el hablar no es un acto inocente porque cada vez que uno habla se compromete de una manera u otra en la comunidad en la que habla y todo hablar tiene una eficacia práctica en la medida en que modifica al mundo y lo que es posible. Este postulado permite decir que hay 5 actos lingüísticos fundamentales, que son:
1.Afirmaciones (Son aquellos actos lingüísticos en los que describimos la manera como observamos las cosas. El lenguaje de las afirmaciones se somete a un mundo ya existente. En este caso el mundo dirige y la palabra lo sigue. El lenguaje de las afirmaciones es el lenguaje que utilizamos para hablar acerca de los fenómenos o los hechos. Pueden ser verdaderas o falsas. Son actos lingüísticos mediante los cuales nos comprometemos a proporcionar evidencia de lo que estamos diciendo si se nos solicita. Las afirmaciones operan dentro de un determinado espacio de consenso social y las distintas comunidades desarrollan distintos consensos sociales mediante los cuales aceptan algo como verdadero o falso. Los consensos que la comunidad establece son obligatorios para todos los miembros de la comunidad y, toda comunidad crea un "espacio declarativo" consensual en el cual sus miembros pueden formular afirmaciones. Por lo tanto, lo que se considera verdadero en una comunidad puede cambiar según el consenso social vigente. Lo que resulta verdadero o falso, por lo tanto, siempre es un asunto de consenso social. Una afirmación es siempre dentro de, y para, una determinada comunidad en un momento histórico dado.)
2.Declaraciones (A diferencia de lo que sucede con las afirmaciones, cuando se hace una declaración, las palabras guían y el mundo las sigue. Las declaraciones no existen hasta que alguien las formula. Cuando hacemos una declaración nos estamos comprometiendo, implícitamente, a tener autoridad para hacerlo. El compromiso social que involucra una declaración es, por lo tanto, muy distinto al que involucra una afirmación.)
3.Promesas
4.Peticiones
5.Ofertas
En la medida en que estos actos lingüísticos implican distintos compromisos sociales, como diferentes maneras de intervención, pueden ser clasificados como acciones diferentes.
En los juicios el compromiso del orador no es proporcionar evidencia, la formulación de este tipo de enunciados no implica que cualquiera que hubiese estado en el lugar de los hechos coincida necesariamente con la persona que los formula. Los juicios pertenecen a la clase de actos lingüísticos básicos que se denominan declaraciones. Las declaraciones son distintas a las afirmaciones porque generan nuevos mundos.
Los juicios son como veredictos, tal como sucede con las declaraciones, con ellos se crean realidades nuevas que sólo existen en el lenguaje, no describen algo que ya existiera antes de que fueran éstos formulados. Los juicios no apuntan hacia cualidades, propiedades, atributos, etcétera, sino que la realidad que generan reside totalmente en la interpretación que proveen. Son enteramente lingüísticos.
El juicio siempre vive en la persona que lo formula y, si una comunidad ha otorgado autoridad a alguien para emitir un juicio, éste puede ser considerado como un juicio válido para dicha comunidad. Sin embargo, aun cuando esta situación se de, siempre podemos no estar de acuerdo y tener una opinión distinta. Los juicios, a diferencia de las afirmaciones, no atan, siempre dan lugar a la discrepancia.
Los juicios son declaraciones pero no toda declaración es un juicio. Al igual que en las declaraciones, la eficacia social de los juicios reside en la autoridad que tengamos para hacerlos. Las personas, sin embargo, se mantienen continuamente emitiendo juicios, aun cuando no se les haya otorgado autoridad. Los juicios, como sucede en toda declaración, son válidos o inválidos, dependiendo de la autoridad que tenga la persona para hacerlos. Los juicios requieren de un compromiso adicional que no es necesario para todas las declaraciones: el compromiso es que los juicios estén "fundados" en una cierta tradición. Por consiguiente, no son únicamente válidos o inválidos, también son fundados o infundados de acuerdo a la manera en que se relacionan con determinada tradición, es decir, con el pasado.
Los seres humanos somos generadores incesantes de juicios, lo hacemos todo el tiempo y prácticamente sobre todo lo que observamos. Cada vez que enfrentamos algo nuevo comenzamos a emitir juicios casi de una manera automática. Nietzche advirtió que uno de los rasgos distintivos del ser humano es ser un animal que enjuicia. La clave del juicio es el futuro porque si no estuviéramos preocupados del futuro no habría necesidad de juicios. En cuanto suponemos que el pasado nos puede guiar hacia el futuro emitimos juicios y lo hacemos porque el futuro nos inquieta.
Nuestra capacidad de aprender nos permite desafiar aquellos juicios que tenemos acerca de nosotros mismos y estar abiertos a revisar los juicios que tenemos acerca de los demás. Como el futuro puede ser distinto del pasado, debemos ser lo suficientemente abiertos como para tratar los propios juicios como señales temporales para someternos a revisiones constantes. El diseño estratégico se refiere a una estrategia para de pensar el futuro y diseñar las propias acciones, que toma en cuenta el hecho de que éste se genera en la interacción con los otros y que estos otros pueden modificar sus juicios y por tanto, sus acciones de acuerdo, entre otros factores, al juicio que tengan sobre los juicios que nosotros podamos tener acerca de ellos. Los líderes y quienes, en general, son responsables de diseñar el futuro, saben cómo aprovechar plenamente los juicios para orientarse en medio de la incertidumbre y, al mismo tiempo, deben evitar convertirse en prisioneros de sus juicios o del pasado que esos juicios traen consigo y, aceptar que se pueden producir nuevas situaciones.
Los juicios conectan al pasado, presente y futuro.
Una de las consecuencias de no hacer la diferencia entre afirmaciones y juicios es que ello lleva a tratar a los juicios como si fueran afirmaciones y, cuando se hace esto, se restringen las propias posibilidades de acción y no se aprovechan los juicios que se proveen. Lo que se escapa en este caso es la conexión entre juicio y acción, pues el cambiar los actos permite que cambien también los juicios acerca de la persona que actúa. Al tomar al juicio como afirmación se anulan las posibilidades de aprendizaje e innovación que los juicios brindan, se elimina la posibilidad de modificar el pasado y crear una realidad distinta.
En medida que modificamos nuestras acciones, modificamos también nuestra identidad y esto abre la posibilidad de que se modifiquen también los juicios que otros tienen acerca de nosotros.
Llamamos fundamento de los juicios a la manera en que el pasado puede usarse para formular juicios que nos apoyen para tratar el futuro. Los fundamentos conectan las tres instancias de la estructura de temporalidad: pasado, presente y futuro.
El proceso de fundar un juicio se divide en 5 condiciones básicas:
1. Emitimos un juicio por algo o para algo. Proyectamos una acción hacia el futuro cuando lo emitimos.
2. Cada vez que emitimos un juicio estamos suponiendo que se coteja con un conjunto de estándares de comportamiento para juzgar el desempeño de los individuos, que nos permiten evaluar la efectividad de sus acciones. Estándares sostenidos en relación a la acción futura proyectada.
3. Cuando emitimos un juicio, generalmente lo hacemos desde un dominio particular de observación.
4. Se logra fundar los juicios al proveer afirmaciones en relación con lo que estamos juzgando.
5. La cantidad de afirmaciones que somos capaces de proveer para fundar un juicio no garantiza que lo consideremos bien fundado.
Cuando hacemos una afirmación nos comprometemos a proporcionar evidencia y, cuando hacemos un juicio, primero, a tener la autoridad que nos permita emitir ese juicio y, segundo, proporcionar fundamentos para ese juicio.
La capacidad del lenguaje de revelar el ser de quien habla, de por sí válida, es particularmente característica cuando se examinan los juicios. Comúnmente pensamos que al emitir un juicio estamos sólo enjuiciando aquello de lo que el juicio habla, no siempre percibimos que se revela mucho de nosotros al emitirlo. Los juicios tienen una doble cara porque una de sus caras mira hacia el mundo y la otra hacia el ser que somos. Los juicios siempre hablan de quienes los emiten.
Es en el terreno de los juicios donde los seres humanos libran la batalla del sentido de la vida porque es en el nivel de los juicios donde se define el sentido o sin sentido de la existencia. De allí que Nietzche advierta que sin evaluaciones y sin capacidad de emitir juicios, el núcleo de la existencia queda vacío.
Los juicios proporcionan a los seres humanos parámetros básicos a través de los cuales transcurrirá la existencia y también brindan la dirección desde la cual los individuos se transforman a sí mismos y se introducen en el futuro. En ese sentido, es difícil encontrar algo que posea el grado de importancia que alcanzan los juicios en la vida del ser humano, pues representan el núcleo fundamental de la existencia humana y comprometen la vida misma. El ser humano libre es aquel que ha sometido sus valores a un juicio crítico y puede concluir que sus juicios le pertenecen a él y no él a sus juicios.
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3. Los actos lingüísticos básicos
El lenguaje describe la realidad. Nuestro sentido común da por sentado que el lenguaje describe el estado de las cosas y esta concepción supone que la realidad ya está ahí mucho antes que el lenguaje y que lo que el lenguaje hace es simplemente "hablar" de ella. Según esta concepción, primero viene la realidad y después el lenguaje y el papel del lenguaje pareciera dar cuenta de lo existente. Esta es una interpretación muy antigua del lenguaje y su origen remonta a los antiguos griegos. Sin embargo, no debemos olvidar que es tan solo una interpretación, aunque haya sido largamente sostenida. Esta interpretación ha sido cuestionada desde la segunda mitad del presente siglo con la aparición de una rama de la filosofía llamada filosofía del leguaje y, particularmente, a partir de las contribuciones del filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein. Esta filosofía del lenguaje planteó que cuando hablamos no únicamente describimos la realidad, sino que actuamos. Sostiene que el lenguaje es acción, pues incluso al hacer una descripción estamos actuando. El filósofo norteamericano John R. Searle propuso lo que llamó una taxonomía de los actos del habla, y según él, cuando hablamos ejecutamos un número restringido de acciones, a las que llamó "actos del habla". También pueden llamarse "actos lingüísticos", pues son actos que pueden ejecutarse de manera verbal. Todos los seres humanos, independientemente del idioma que hablamos, al hablar hacemos afirmaciones, declaraciones, peticiones, etcétera.
Esas acciones lingüísticas son universales, se encuentran en todos los idiomas, sea cual sea el lenguaje específico que se hable. Gracias a estas contribuciones, una interpretación generativa y activa del lenguaje ha progresivamente sustituido la antigua interpretación pasiva del lenguaje que lo restringía a su carácter descriptivo.
Los actos lingüísticos, según la propuesta de John R. Searle, son:
-Afirmaciones
-Declaraciones
-Promesas
Cuando se hace una afirmación, uno se compromete a la veracidad de lo que afirma. Cuando se hace una declaración, uno se compromete a la validez y a lo adecuado de lo declarado. Cuando se hace una promesa, una petición ó una oferta, uno se compromete a la sinceridad de la promesa involucrada. Al comprometerse en el cumplimiento de una promesa uno se compromete también a tener la competencia para cumplir con las condiciones estipuladas. Esto no significa que no podamos romper los compromisos que adquirimos, por supuesto podemos hacerlo y lo hacemos, sin embargo, al hacerlo se afecta nuestra comunicación con los demás y se deben esperar grados variables de sanciones al no cumplir con ellos.
Estamos lejos de nuestra comprensión tradicional del lenguaje, la concepción del lenguaje como descriptivo y pasivo ha sido sustituida por una interpretación diferente, que ya lo concibe como acción y, en tanto tal, como una fuerza poderosa que genera nuestro mundo. En la nueva concepción, el lenguaje genera la realidad. El lenguaje no puede hablar de cualquier realidad que exista más allá de éste. Sustituimos la antigua interpretación descriptiva del lenguaje por lo que llamamos interpretación generativa porque el lenguaje no es pasivo, es acción.
Esas acciones lingüísticas son universales, se encuentran en todos los idiomas, sea cual sea el lenguaje específico que se hable. Gracias a estas contribuciones, una interpretación generativa y activa del lenguaje ha progresivamente sustituido la antigua interpretación pasiva del lenguaje que lo restringía a su carácter descriptivo.
Los actos lingüísticos, según la propuesta de John R. Searle, son:
-Afirmaciones
-Declaraciones
-Promesas
Cuando se hace una afirmación, uno se compromete a la veracidad de lo que afirma. Cuando se hace una declaración, uno se compromete a la validez y a lo adecuado de lo declarado. Cuando se hace una promesa, una petición ó una oferta, uno se compromete a la sinceridad de la promesa involucrada. Al comprometerse en el cumplimiento de una promesa uno se compromete también a tener la competencia para cumplir con las condiciones estipuladas. Esto no significa que no podamos romper los compromisos que adquirimos, por supuesto podemos hacerlo y lo hacemos, sin embargo, al hacerlo se afecta nuestra comunicación con los demás y se deben esperar grados variables de sanciones al no cumplir con ellos.
Estamos lejos de nuestra comprensión tradicional del lenguaje, la concepción del lenguaje como descriptivo y pasivo ha sido sustituida por una interpretación diferente, que ya lo concibe como acción y, en tanto tal, como una fuerza poderosa que genera nuestro mundo. En la nueva concepción, el lenguaje genera la realidad. El lenguaje no puede hablar de cualquier realidad que exista más allá de éste. Sustituimos la antigua interpretación descriptiva del lenguaje por lo que llamamos interpretación generativa porque el lenguaje no es pasivo, es acción.
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2. Sobre el lenguaje humano
El ser humano es ser lingüístico, habita en el lenguaje. Para comprenderlo se pueden explorar la naturaleza del lenguaje, particularmente del lenguaje humano, y la la relación entre el lenguaje y el individuo.
Comprendemos el lenguaje como una capacidad individual, como propiedad de una persona por tanto decimos que los individuos tienen una capacidad para el lenguaje y esto le otorga precedencia al individuo con respecto al lenguaje, pues implica que el individuo es quien habla y escucha; se asume que el individuo es precondición del lenguaje. La ontología del lenguaje se opone a esta visión, postula que los individuos, las personas, se constituyen asimismo en el lenguaje; otorga precedencia al lenguaje con respecto al individuo.
El biólogo Humberto Maturana insiste en que sólo podemos hacer lo que nuestra biología nos permite; no podemos traspasar los límites de nuestras capacidades lingüísticas. Sin embargo, el lenguaje no es generado por nuestras capacidades biológicas.
La ontología del lenguaje postula que el lenguaje no es desarrollado por un ser humano aislado, sino que el lenguaje nace por la interacción entre los seres humanos, es consecuencia y es fenómeno social y no biológico. Es en la interacción entre diferentes seres humanos particulares donde aparece una precondición fundamental del lenguaje: la constitución de un dominio consensual. Se habla de consensualidad dondequiera que los participantes de una interacción social compartan el mismo sistema de signos (gestos, sonidos, etc.) para designar objetos, acciones o acontecimientos orientados hacia coordinar acciones comunes. Sin dominio consensual no hay lenguaje y el dominio consensual se constituye en la interacción con otros en un espacio social.
Hablamos sobre el lenguaje a través y desde el lenguaje, es algo que no podemos evitar, esto implica una trampa de la que debemos mantenernos precavidos. Los signos, objetos, eventos y acciones son constituidos como tales en el lenguaje, en cuanto tales no existen por sí mismos. Sea lo que sea, lo es para nosotros en el lenguaje, un objeto es siempre una relación lingüística que establecemos con nuestro mundo, los objetos se constituyen en el lenguaje. En tanto tales, traen consigo nuestra propia marca humana y siempre expresan algo de nosotros.
El autor comenta que no existe otro camino que el del lenguaje; fuera del lenguaje no existe un lugar en que podamos apoyarnos. Los seres humanos vivimos en un mundo lingüístico.
Hablamos del lenguaje sólo cuando observamos un tipo particular de comunicación. Siempre que vemos a miembros de una especie coordinando acciones comunes hablamos de comunicación, en ese sentido, muchas especies se comunican. Sin embargo, decimos que hay lenguaje sólo cuando ocurre un particular tipo de coordinación de acciones, cuando podemos observar a los miembros de una especie coordinando su comportamiento.
El lenguaje, en cuanto fenómeno, es lo que un observador ve cuando ve una coordinación consensual de la coordinación de acciones -cuando los miembros participantes de una acción coordinan la manera en que coordinan juntos dicha acción. Es una coordinación recursiva del comportamiento. El lenguaje es algo que surge a partir de la generación de un dominio consensual que se produce en la interacción social y los seres humanos no somos la única especie que ha desarrollado este patrón dual de coordinación de acciones que denominamos lenguaje, es un rasgo que encontramos a menudo también en otras especies. La diferencia que distingue al ser humano de otras especies en este sentido es que el ser humano cuenta con la capacidad para abarcar un gran número de signos consensuales y para crear nuevos y, la capacidad recursiva del lenguaje humano, lo que significa que los seres humanos podemos hacer girar el lenguaje sobre sí mismo. El ser humano puede hablar sobre su propia habla, sobre sus distinciones lingüísticas, sobre su propio lenguaje y sobre la manera en que coordina su coordinación de acciones y, puede hacerlo todas las veces que quiera. Dicha capacidad recursiva del lenguaje humano es la base de lo que conocemos como reflexión y es la base de la razón humana.
La razón es una función del lenguaje, el ser humano es ser racional porque es un ser lingüístico que vive en un mundo lingüístico.
Los seres vivientes que cuentan con cerebros de tamaño más grande cuentan con capacidades neurológicas necesarias para formas de lenguaje más desarrolladas, esto es un ejemplo que explica que existen condiciones biológicas que se requieren para posibilitar el lenguaje, sin embargo, el lenguaje no se define como una capacidad individual, sino como un rasgo evolutivo que basado en condiciones biológicas específicas surge a través de la interacción social. Se requiere de la interacción social como caldo de cultivo para que surja el lenguaje.
El individuo en términos de persona es un fenómeno lingüístico, pues en tanto individuos somos un tipo de ser viviente que, como condición de su propia existencia, vive constreñido a su capacidad para generarle sentido a su propia vida. El individuo vive interpretándose a sí mismo y al mundo que habita y esto lo hace en cuanto opera en el lenguaje. La manera en que la persona da sentido a su propia vida es lingüística, la identidad personal está directamente asociada a una capacidad de generar relatos que dan sentido. Al modificar su propio relato de quién es, la persona modifica su identidad. El individuo no puede ser separado de su relato, es en los relatos de nosotros mismos donde generamos lo que somos. En tanto individuos, somos lo que somos debido a la cultura lingüística en la que crecemos y a la posición que ocupamos en determinado sistema de coordinación de la coordinación del comportamiento, es decir, del lenguaje; en este sentido el individuo no es únicamente construcción lingüística, sino también construcción social.
El individuo es fenómeno social porque su manera de dar sentido y actuar en la vuda no es arbitraria y no le es posible en tanto individuo trascenderla por completo. Las maneras de dar sentido y actuar descansan en la historia y en las prácticas vigentes de la comunidad de pertenencia. Los relatos que la persona cuenta de sí misma y de los demás están fabricados a partir del trasfondo de metarelatos que conoce como discursos históricos. Para comprender mejor a un individuo hay que conocer los discursos históricos a partir de los cuales se constituye. Sin embargo, el lenguaje va más allá de la capacidad para contar historias, más allá del discurso, pues es un sistema de coordinación de la coordinación de comportamiento y se hace presente en las acciones. Los modos de hacer las cosas de la manera en que las hace determinada comunidad se denominan prácticas sociales y la forma en que las personas se comportan de una comunidad a otra es frecuentemente muy distinta de como se comportan en otra comunidad. La coordinación de la coordinación del comportamiento varía de comunidad en comunidad.
Un principio básico en el enfoque sistémico es reconocer que el comportamiento humano es modelado por la estructura del sistema al que pertenece el individuo y la posición que ocupe en dicho sistema. Cuando se dan cambios en la estructura es probable que hayan cambios también en el comportamiento individual y esto muchas veces pasa inadvertido. Generalmente no observamos la manera en que los sistemas a los que pertenecemos nos hacen ser de la manera que somos. Mientras que el sistema condiciona lo que somos en tanto individuos, somos nosotros en tanto individuos creadores de ese mismo sistema.
Una vez constituidos como individuos, debido a la capacidad recursiva del lenguaje humano, somos capaces de observarnos a nosotros mismos y al sistema al que pertenecemos, y de ir más allá de nosotros y de esos sistemas.
Nuestra capacidad de reflexión nos permite especular, entablar conversaciones con los demás -y con nosotros mismos- acerca de nuevas posibilidades, arriesgarnos e inventar -despojándonos de nuestras ataduras respecto de nosotros mismos y de nuestro medio social.
El fenómeno del liderazgo arroja luces precisamente sobre la capacidad humana de intervenir en el diseño de nuestros entornos sociales y, al hacerlo, de intervenir también en el diseño de muchos individuos. El liderazgo se basa en un conjunto de capacidades lingüísticas determinadas y es una de las manifestaciones más claras de la capacidad generativa del lenguaje.
Los individuos operan dentro de los límites de lo que les es históricamente posible y, lo que es históricamente posible para un individuo dado está en función de los sistemas de lenguaje a los que pertenece. Aunque las personas trasciendan lo que les está históricamente dado, aunque inventen nuevas posibilidades, generen nuevas realidades históricas y se proyecten a sí mismos hacia el futuro, lo hacen como un resultado de lo que les es históricamente posible. Esto lleva al tercer principio de la ontología del lenguaje.
3.Tercer principio: "Los individuos actúan de acuerdo a los sistemas sociales a los que pertenecen. Pero a través de sus acciones, aunque condicionados por estos sistemas sociales, también pueden cambiar tales sistemas sociales."
Es la estrecha ideología individualista lo que ciega respecto del poderoso efecto de los sistemas sociales en la formación como individuos. El énfasis, sin embargo, no debe ser puesto en el sistema social ni en sus componentes individuales, es en la relación entre el sistema social y el individuo, entre el todo y sus partes, que se produce la dinámica del devenir.
El sistema social constituye al individuo, del mismo modo en que el individuo constituye al sistema social.
La visión de la ontología del lenguaje explica que las posibilidades no existen por sí mismas, que no son independientes de los individuos para quienes resultan ser posibilidades y, la distinción entre las proposiciones verdaderas y falsas sólo tiene sentido dentro del trasfondo compartido de una comunidad.
La ontología del lenguaje logra lo que había sido destruido por el programa metafísico: una unidad entre orador, lenguaje y acción. Reconoce que todo lo dicho es siempre dicho por alguien, restableciendo el lazo roto entre lenguaje y orador. Postula que el lenguaje es acción y evita la separación entre ambos, particularmente entre pensamiento y acción. Finalmente, postula que la acción genera ser y que ésta, por lo tanto, constituye al individuo que habla (orador) y al que actúa (actor). Al mismo tiempo, la ontología del lenguaje reemplaza la importancia del "ser", sostenida por los metafísicos, por una comprensión renovada del "devenir" y coloca la acción en el centro de su argumentación. Al conectar lenguaje y acción se produce una nueva comprensión de la acción humana.
La mayor fuerza de la ontología del lenguaje reside en la interpretación que proporciona sobre el individuo, sobre el fenómeno de la persona humana y su mundo.
La ontología del lenguaje ofrece una poderosa herramienta para lidiar con uno de los rasgos más sobresalientes de nuestro tiempo: la crisis de sentido. Una de las mayores contribuciones de la ontología del lenguaje es la competencia que ofrece a las personas para inventar y regenerar un sentido a sus vidas, pues confronta con el hecho de que no podemos esperar que la vida siempre genere, por sí misma, el sentido que requerimos para vivirla.
Comprendemos el lenguaje como una capacidad individual, como propiedad de una persona por tanto decimos que los individuos tienen una capacidad para el lenguaje y esto le otorga precedencia al individuo con respecto al lenguaje, pues implica que el individuo es quien habla y escucha; se asume que el individuo es precondición del lenguaje. La ontología del lenguaje se opone a esta visión, postula que los individuos, las personas, se constituyen asimismo en el lenguaje; otorga precedencia al lenguaje con respecto al individuo.
El biólogo Humberto Maturana insiste en que sólo podemos hacer lo que nuestra biología nos permite; no podemos traspasar los límites de nuestras capacidades lingüísticas. Sin embargo, el lenguaje no es generado por nuestras capacidades biológicas.
La ontología del lenguaje postula que el lenguaje no es desarrollado por un ser humano aislado, sino que el lenguaje nace por la interacción entre los seres humanos, es consecuencia y es fenómeno social y no biológico. Es en la interacción entre diferentes seres humanos particulares donde aparece una precondición fundamental del lenguaje: la constitución de un dominio consensual. Se habla de consensualidad dondequiera que los participantes de una interacción social compartan el mismo sistema de signos (gestos, sonidos, etc.) para designar objetos, acciones o acontecimientos orientados hacia coordinar acciones comunes. Sin dominio consensual no hay lenguaje y el dominio consensual se constituye en la interacción con otros en un espacio social.
Hablamos sobre el lenguaje a través y desde el lenguaje, es algo que no podemos evitar, esto implica una trampa de la que debemos mantenernos precavidos. Los signos, objetos, eventos y acciones son constituidos como tales en el lenguaje, en cuanto tales no existen por sí mismos. Sea lo que sea, lo es para nosotros en el lenguaje, un objeto es siempre una relación lingüística que establecemos con nuestro mundo, los objetos se constituyen en el lenguaje. En tanto tales, traen consigo nuestra propia marca humana y siempre expresan algo de nosotros.
El autor comenta que no existe otro camino que el del lenguaje; fuera del lenguaje no existe un lugar en que podamos apoyarnos. Los seres humanos vivimos en un mundo lingüístico.
Hablamos del lenguaje sólo cuando observamos un tipo particular de comunicación. Siempre que vemos a miembros de una especie coordinando acciones comunes hablamos de comunicación, en ese sentido, muchas especies se comunican. Sin embargo, decimos que hay lenguaje sólo cuando ocurre un particular tipo de coordinación de acciones, cuando podemos observar a los miembros de una especie coordinando su comportamiento.
El lenguaje, en cuanto fenómeno, es lo que un observador ve cuando ve una coordinación consensual de la coordinación de acciones -cuando los miembros participantes de una acción coordinan la manera en que coordinan juntos dicha acción. Es una coordinación recursiva del comportamiento. El lenguaje es algo que surge a partir de la generación de un dominio consensual que se produce en la interacción social y los seres humanos no somos la única especie que ha desarrollado este patrón dual de coordinación de acciones que denominamos lenguaje, es un rasgo que encontramos a menudo también en otras especies. La diferencia que distingue al ser humano de otras especies en este sentido es que el ser humano cuenta con la capacidad para abarcar un gran número de signos consensuales y para crear nuevos y, la capacidad recursiva del lenguaje humano, lo que significa que los seres humanos podemos hacer girar el lenguaje sobre sí mismo. El ser humano puede hablar sobre su propia habla, sobre sus distinciones lingüísticas, sobre su propio lenguaje y sobre la manera en que coordina su coordinación de acciones y, puede hacerlo todas las veces que quiera. Dicha capacidad recursiva del lenguaje humano es la base de lo que conocemos como reflexión y es la base de la razón humana.
La razón es una función del lenguaje, el ser humano es ser racional porque es un ser lingüístico que vive en un mundo lingüístico.
Los seres vivientes que cuentan con cerebros de tamaño más grande cuentan con capacidades neurológicas necesarias para formas de lenguaje más desarrolladas, esto es un ejemplo que explica que existen condiciones biológicas que se requieren para posibilitar el lenguaje, sin embargo, el lenguaje no se define como una capacidad individual, sino como un rasgo evolutivo que basado en condiciones biológicas específicas surge a través de la interacción social. Se requiere de la interacción social como caldo de cultivo para que surja el lenguaje.
El individuo en términos de persona es un fenómeno lingüístico, pues en tanto individuos somos un tipo de ser viviente que, como condición de su propia existencia, vive constreñido a su capacidad para generarle sentido a su propia vida. El individuo vive interpretándose a sí mismo y al mundo que habita y esto lo hace en cuanto opera en el lenguaje. La manera en que la persona da sentido a su propia vida es lingüística, la identidad personal está directamente asociada a una capacidad de generar relatos que dan sentido. Al modificar su propio relato de quién es, la persona modifica su identidad. El individuo no puede ser separado de su relato, es en los relatos de nosotros mismos donde generamos lo que somos. En tanto individuos, somos lo que somos debido a la cultura lingüística en la que crecemos y a la posición que ocupamos en determinado sistema de coordinación de la coordinación del comportamiento, es decir, del lenguaje; en este sentido el individuo no es únicamente construcción lingüística, sino también construcción social.
El individuo es fenómeno social porque su manera de dar sentido y actuar en la vuda no es arbitraria y no le es posible en tanto individuo trascenderla por completo. Las maneras de dar sentido y actuar descansan en la historia y en las prácticas vigentes de la comunidad de pertenencia. Los relatos que la persona cuenta de sí misma y de los demás están fabricados a partir del trasfondo de metarelatos que conoce como discursos históricos. Para comprender mejor a un individuo hay que conocer los discursos históricos a partir de los cuales se constituye. Sin embargo, el lenguaje va más allá de la capacidad para contar historias, más allá del discurso, pues es un sistema de coordinación de la coordinación de comportamiento y se hace presente en las acciones. Los modos de hacer las cosas de la manera en que las hace determinada comunidad se denominan prácticas sociales y la forma en que las personas se comportan de una comunidad a otra es frecuentemente muy distinta de como se comportan en otra comunidad. La coordinación de la coordinación del comportamiento varía de comunidad en comunidad.
Un principio básico en el enfoque sistémico es reconocer que el comportamiento humano es modelado por la estructura del sistema al que pertenece el individuo y la posición que ocupe en dicho sistema. Cuando se dan cambios en la estructura es probable que hayan cambios también en el comportamiento individual y esto muchas veces pasa inadvertido. Generalmente no observamos la manera en que los sistemas a los que pertenecemos nos hacen ser de la manera que somos. Mientras que el sistema condiciona lo que somos en tanto individuos, somos nosotros en tanto individuos creadores de ese mismo sistema.
Una vez constituidos como individuos, debido a la capacidad recursiva del lenguaje humano, somos capaces de observarnos a nosotros mismos y al sistema al que pertenecemos, y de ir más allá de nosotros y de esos sistemas.
Nuestra capacidad de reflexión nos permite especular, entablar conversaciones con los demás -y con nosotros mismos- acerca de nuevas posibilidades, arriesgarnos e inventar -despojándonos de nuestras ataduras respecto de nosotros mismos y de nuestro medio social.
El fenómeno del liderazgo arroja luces precisamente sobre la capacidad humana de intervenir en el diseño de nuestros entornos sociales y, al hacerlo, de intervenir también en el diseño de muchos individuos. El liderazgo se basa en un conjunto de capacidades lingüísticas determinadas y es una de las manifestaciones más claras de la capacidad generativa del lenguaje.
Los individuos operan dentro de los límites de lo que les es históricamente posible y, lo que es históricamente posible para un individuo dado está en función de los sistemas de lenguaje a los que pertenece. Aunque las personas trasciendan lo que les está históricamente dado, aunque inventen nuevas posibilidades, generen nuevas realidades históricas y se proyecten a sí mismos hacia el futuro, lo hacen como un resultado de lo que les es históricamente posible. Esto lleva al tercer principio de la ontología del lenguaje.
3.Tercer principio: "Los individuos actúan de acuerdo a los sistemas sociales a los que pertenecen. Pero a través de sus acciones, aunque condicionados por estos sistemas sociales, también pueden cambiar tales sistemas sociales."
Es la estrecha ideología individualista lo que ciega respecto del poderoso efecto de los sistemas sociales en la formación como individuos. El énfasis, sin embargo, no debe ser puesto en el sistema social ni en sus componentes individuales, es en la relación entre el sistema social y el individuo, entre el todo y sus partes, que se produce la dinámica del devenir.
El sistema social constituye al individuo, del mismo modo en que el individuo constituye al sistema social.
La visión de la ontología del lenguaje explica que las posibilidades no existen por sí mismas, que no son independientes de los individuos para quienes resultan ser posibilidades y, la distinción entre las proposiciones verdaderas y falsas sólo tiene sentido dentro del trasfondo compartido de una comunidad.
La ontología del lenguaje logra lo que había sido destruido por el programa metafísico: una unidad entre orador, lenguaje y acción. Reconoce que todo lo dicho es siempre dicho por alguien, restableciendo el lazo roto entre lenguaje y orador. Postula que el lenguaje es acción y evita la separación entre ambos, particularmente entre pensamiento y acción. Finalmente, postula que la acción genera ser y que ésta, por lo tanto, constituye al individuo que habla (orador) y al que actúa (actor). Al mismo tiempo, la ontología del lenguaje reemplaza la importancia del "ser", sostenida por los metafísicos, por una comprensión renovada del "devenir" y coloca la acción en el centro de su argumentación. Al conectar lenguaje y acción se produce una nueva comprensión de la acción humana.
La mayor fuerza de la ontología del lenguaje reside en la interpretación que proporciona sobre el individuo, sobre el fenómeno de la persona humana y su mundo.
La ontología del lenguaje ofrece una poderosa herramienta para lidiar con uno de los rasgos más sobresalientes de nuestro tiempo: la crisis de sentido. Una de las mayores contribuciones de la ontología del lenguaje es la competencia que ofrece a las personas para inventar y regenerar un sentido a sus vidas, pues confronta con el hecho de que no podemos esperar que la vida siempre genere, por sí misma, el sentido que requerimos para vivirla.
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1. Bases de la ontología del lenguaje
Estamos participando de una transformación histórica fundamental que es la gestación de una nueva y radicalmente diferente comprensión de los seres humanos, lo que resulta un acontecimiento especial de la historia que tiene el poder de reconfigurar lo posible y modificar el futuro. Es el umbral de una nueva era histórica.
La historia suele concebirse como la secuencia de las huellas dejadas por los acontecimientos ocurridos en el pasado, pero no todos los acontecimientos tienen el mismo impacto sobre el futuro. No todos los momentos de la historia han sido igualmente fecundos en la producción de nuevas posibilidades.
En la antigua Grecia, alrededor de 700 A.C fue inventado el alfabeto, que representó una nueva forma de comunicación. Este hecho tuvo consecuencias históricas trascendentales porque dio las condiciones a partir de las cuales se creó un tipo de ser humano particular: el hombre y mujer occidentales. Con esta invención las nociones de educación, sabiduría y convivencia social fueron transformadas y se inventó la democracia. Con estos cambios fundamentales en la sociedad surgieron nuevas prácticas sociales y tuvo lugar una consecuencia menos visible pero existente, la transformación de categorías mentales, esto es, la manera en que los seres humanos piensan sobre ellos y el mundo. Antes de la invención del alfabeto "lenguaje y acción" estaban estrechamente unidos, los seres humanos habitaban en lo que llamamos un "lenguaje del devenir". Los poetas eran los responsables de la educación, relataban épicas o fábulas para cumplir su función de enseñar. El alfabeto separó al orador, el lenguaje y la acción, lo que representó un gran cambio. Se produjo un desplazamiento de un lenguaje de acción a un lenguaje de ideas, lo que dio lugar a la reflexión. Una vez que el texto estaba escrito parecía hablar por sí mismo y el orador dejó de ser necesario. Cambió la manera de pensar las cosas y la reflexión pasó a suplantar el papel que previamente había tenido el relato de los acontecimientos. Se pasó a hablar de los valores como ideas y no como rasgos propios de los héroes épicos. Se empezó a poner énfasis no en las acciones sino en el "ser" de las cosas y con ello se abandonó el "lenguaje del devenir" y se llegó al "lenguaje del ser". Este paso resultó una transformación fundamental y gran logro histórico, pues desató fuerzas de la reflexión y del pensamiento racional. De esta manera nació la racionalidad, marca de fábrica del pensamiento occidental.
El interés por el arte del pensamiento certero desarrolló la lógica. Los principios lógicos mostraron la senda del pensamiento válido (la forma de trasladarnos de una idea a otra para alcanzar lo verdadero y esquivar lo falso).
El poder del pensamiento se hizo evidente con el nacimiento de la racionalidad, pues permitió transformar el mundo, destruir a los enemigos y dio la ilusión de posibilitar el dominio de la naturaleza.
Se llegó a pensar que "pensar" era una acción superior al resto de las acciones y se llegó a olvidar que el pensamiento mismo es una acción. Se cambió la comprensión del ser humano.
Una vez que llegó el "lenguaje del ser" el ser humano comenzó a preguntarse por el "ser" de todo, incluido el propio ser humano. El ser humano comenzó a suponer que la razón no tenía límites y que a través de esta se podía conocer todo, dominar completamente el entorno natural y las relaciones con los demás en tan solo una cuestión de tiempo. La razón se posicionó en la mente del ser humano como la clave para asir el "ser" de las cosas. El énfasis puesto en el "ser" de las cosas condujo a minimizar el papel jugado por el lenguaje, que se colocó en una postura de constituir un papel pequeño o nulo en la conformación del ser humano y del mundo. Se comenzó a suponer que el "ser" precedía al lenguaje.
Después del surgimiento de un grupo de filósofos conocidos como los metafísicos, conducidos por Platón, discípulo de Sócrates, y Aristóteles, discípulo de Platón, se cristalizó una síntesis coherente basada en los nuevos supuestos y esta se convirtió de pronto en la visión social predominante. El sentido común actual se basa en gran medida en los supuestos metafísicos, generados originariamente por estos metafísicos de la antigua Grecia.
Desde los primeros griegos hemos cambiado nuestra comprensión de muchas cosas, no se puede decir que pensamos de la misma manera que ellos, pero hemos mantenido en conjunto los supuestos metafísicos básicos desarrollados en la Grecia temprana. El desarrollo histórico ha tenido lugar sin romper con estos supuestos principales, manteniendo esta básica comprensión de lo que significa ser humano, en este sentido nos hemos mantenido fieles a los primeros metafísicos griegos.
La filosofía de Descartes -el cartesianismo- ha sido la más influyente de los tiempos modernos. La modernidad se desarrolló dentro de una armazón cartesiana aceptando los principales supuestos formulados por Descartes pero al examinar dichos supuestos podemos percatarnos de que son fieles a la antigua tradición griega de comprender al ser humano como un ser racional. La filosofía de Descartes es expresión histórica del impulso dado al alfabetismo por medio de la invención de otro cambio que resultó de suma importancia en la manera de comunicar: la imprenta o prensa escrita. Con la imprenta la separación inicial entre el orador, lenguaje y acción se profundizó y extendió a todos los niveles de la sociedad. Los libros se convirtieron en artículos fácilmente adquiribles y esto permitió la emergencia del sistema escolar, la expansión social del alfabetismo y la democratización y extensión de la racionalidad a todo rincón de la vida social. La invención de la imprenta también permitió el desarrollo de la esfera de privacidad e intimidad individual y una expansión del amor romántico. Con Descartes el pensamiento es nuevamente la base para entender al ser humano, el pensamiento siempre adquiere precedencia. Descartes postula que es el pensamiento lo que nos convierte en el tipo de ser que somos y dice que podemos concluir: "yo pienso, luego existo", lo que plantea que es la razón lo que nos hace humanos. Sin embargo, actualmente está surgiendo una comprensión radicalmente nueva del ser humano, a esta nueva comprensión es a lo que se le llama ontología del lenguaje.
Actualmente enfrentamos una nueva revolución de importancia capital en la manera de comunicarnos. En las últimas décadas ha sucedido algo similar a lo que ocurrió en la antigua Grecia con la invención del alfabeto, pues hemos enfrentado una transformación importante en nuestra manera de comunicar como resultado de las innovaciones tecnológicas y la emergencia del lenguaje electrónico. La irrupción del lenguaje electrónico comprende un proceso que contiene la profusión de medios de comunicación y hoy en día observamos la manera en que los distintos medios de comunicación confluyen y se integran unos con otros en diferentes configuraciones multimedia. Como resultado de esto, el mundo se ha transformado convirtiéndose en la"aldea global" de la que habló MacLuhan hace más de tres décadas. La distancia siempre fue un factor relevante para la manera en que el ser humano organizaba su vida pero en la actualidad resulta cada vez más irrelevante. Este nuevo lenguaje ya ha cambiado y seguirá cambiando la manera en que convivimos y nos relacionamos. Por otra parte, hoy en día el cambio se ha convertido en un aspecto permanente de la vida, pues nada permanece igual durante mucho tiempo, ahora la predominancia del "ser" vuelve a ser sustituida por la del "devenir". Estas nuevas condiciones van llevando al "observador metafísico", que por tanto tiempo constituyó la visión que el ser humano tiene del mundo, hasta sus límites, pareciera que la metafísica se aproxima a su agotamiento histórico y esto va a afectando la forma de pensarnos y la forma de pensar el mundo.
Los nuevos desarrollos desafían al programa metafísico. En el campo de la filosofía encontramos que Nietzche nos ha entregado la más fuerte crítica a la comprensión del alma humana, fue el primer filósofo que se situó fuera del marco metafísico y cuestionó los supuestos básicos. Martin Heidegger da su fenomenología existencial y hace una crítica a los supuestos del cartesianismo, que declaraban al ser humano primariamente como ser racional. Ludwig Wittgenstein ofrece una comprensión del lenguaje totalmente nueva. Las contribuciones de estos filósofos abrieron puertas que otros cruzarían y la filosofía entera ha sido trastornada enormemente durante este siglo. A este proceso se le ha denominado "giro lingüístico", pues el lenguaje pareciera haber tomado el lugar privilegiado que por siglos ocupó la razón. En el campo de las ciencias biológicas también se han dado importantes desarrollos. Se ha postulado que el rasgo básico que distingue a la especie humana de otras es el lenguaje humano. Fue Ernst Mayer quien introdujo este postulado a principios de los sesenta. La relación entre el ser humano y el lenguaje ha sido explorada a mayor profundidad y ahí destaca la contribución del biólogo Humberto Maturana. Finalmente, han habido también importantes logros en el campo de la psicología sistémica, antropología, sociología y lingüístia y, en cada una de ellas el hilo conductor ha sido el reconocimiento de la importancia del lenguaje para comprender la vida humana. La ontología del lenguaje intenta reunir estos distintos desarrollos que a menudo pueden parecer contradictorios en una unidad coherente que apunta a observar los fenómenos humanos desde una perspectiva no-metafísica.
El término "ontología" se toma prestado de una tradición muy específica y se le otorga un sentido particular. Fue acuñado por los antiguos griegos y para ellos significaba la comprensión general del ser en tanto tal. La ontología griega estaba enmarcada dentro del programa metafísico. El nuevo uso del término arranca de la tradición inaugurada por Martin Heidegger, para quien la ontología se relaciona con su investigación acerca de lo que llamaba Dasein, que se puede sintetizar como el modo particular de ser del ser humano. En este sentido la ontología hace referencia a la comprensión genérica y a la interpretación de lo que significa ser humano. Al decir que algo es ontológico hacemos referencia a una interpretación de las dimensiones constituyentes que compartimos en tanto seres humanos y que confieren un particular modo de ser, en este sentido la ontología no implica necesariamente una adopción de la perspectiva metafísica. La ontología del lenguaje reivindica que se pueden generar ontologías no-metafísicas.
Toda acción y todo decir presuponen juicios sobre lo que en tanto seres humanos nos es posible, por lo tanto cada vez que decimos algo y cada vez que actuamos no sólo se manifiesta lo que hacemos o decimos sino también una determinada interpretación de lo que significa ser humano y, por lo tanto, una ontología. Al aceptar lo anterior se deduce que cualquier postulado que se haga sobre el "ser" en general o sobre otros seres humanos está basado en una comprensión subyacente del ser que formula ese postulado. Consecuentemente la ontología en cuanto comprensión de lo que significa ser humano sienta las bases para la antigua noción de la ontología como comprensión general del ser: "cada pensamiento hecho por un observador nos habla del tipo de observador que ese observador considera que es".
Podemos no percatarnos de que al actuar o hablar revelamos esos supuestos ontológicos subyacentes, pero aún así los revelamos. Al entender esto comprendemos que para hacer cualquier planteamiento hacemos implícitamente un planteamiento de cómo somos en tanto seres humanos. Nuestra comprensión de lo que significa ser humano es piedra angular de todas nuestras acciones, por lo tanto una ontología precede a cualquier otro postulado sobre cómo podrían ser las cosas. La ontología es una interpretación primaria.
El postulado de que todo lo que hacemos revela nuestro juicio sobre nosotros mismos es la base de uno de los usos de la ontología del lenguaje: el "coaching" ontológico.
La ontología del lenguaje puede verse como uno de los desarrollos importantes que actualmente surgen en los distintos campos de la vida humana, que se mueven en una dirección similar y que frecuentemente comparten supuestos y sensibilidades similares.
Los tres postulados básicos de la ontología del lenguaje son:
1. Interpretamos al ser humano como ser lingüístico (Postula que el lenguaje es, por sobre todo, lo que hace a los seres humanos el tipo particular de seres que son y que el lenguaje es clave para comprender los fenómenos humanos)
2. Interpretamos al lenguaje como generativo (Las consecuencias del primer postulado sólo pueden ser plenamente extraídas en medida en que seamos capaces de modificar radicalmente la concepción tradicional del lenguaje; cuestiona la concepción tradicional del lenguaje y reconoce que el lenguaje no sólo nos permite hablar sobre las cosas sino que hace que sucedan las cosas. Abandona la noción que reduce el lenguaje a un papel pasivo o descriptivo y sostiene que el lenguaje es generativo, que el lenguaje crea realidades y genera ser)
3. Interpretamos que los seres humanos se crean a sí mismos y al lenguaje a través de él (Una vez unidos los primeros dos postulados emerge una nueva comprensión del ser humano. La ontología del lenguaje sostiene que la vida es el espacio donde los seres humanos se inventan a sí mismos. Postula que el ser humano no es de una forma de ser determinada ni permanente y que los individuos tienen la capacidad de crearse a sí mismos a través del lenguaje. Explica que nadie es de una forma de ser dada e inmutable que no permita infinitas modificaciones)
El foco de atención de la ontología del lenguaje son los seres humanos. Plantea que ser humano es estar en un proceso permanente de devenir, de inventarnos y reinventarnos dentro de la deriva histórica y que no existe tal cosa como una naturaleza humana predeterminada. La ontología del lenguaje explica que "no sabemos lo que somos capaces de ser ni sabemos en lo que podemos transformarnos", que nuestro ser es indeterminado y es un espacio abierto apuntando hacia el futuro.
Una comprensión ontológica de nosotros mismos nunca puede darnos una única respuesta correcta que explique la determinada pregunta de lo que signifique ser humano, pues la ontología postula que nuestro ser es campo abierto al diseño. Lo que la aproximación ontológica puede ofrecer son distinciones generales que sirven como parámetros para definir una estructura básica de posibilidades en el proceso abierto del devenir.
La estructura general de posibilidades es lo que Martin Heidegger llamó Dasein, el "ser en el mundo" que somos. La ontología es la indagación del Dasein. Heidegger se abrió al reconocimiento de que para entender lo que significa ser humano se requiere de recurrir al lenguaje porque los seres humanos habitan en el lenguaje.
El ser humano es construcción lingüística porque se inventa a sí mismo en el lenguaje, es como una especie de burbuja lingüística.
Tanto Heráclito como Nietzche entendieron que, para comprender al ser humano, no podemos concentrarnos sólo en su "ser", sino mirar también hacia lo que el ser humano no es, hacia ese espacio en el que se trascienden las formas actuales de ser y se interfiere y participa del proceso del devenir. Según Nietzche, el ser humano puede ser visto como un proceso en el que nos encontramos permanentemente huyendo de la nada mientras que a la vez somos impulsados hacia ella, hacia el "sin sentido" de nuestras vidas, e inducidos a regenerarnos constantemente un sentido. Heráclito afirmó que estamos en un proceso constante de flujo, que nunca permanecemos iguales, que cambiamos continuamente como lo hacen los ríos.
La ontología del lenguaje invita a tomar en cuenta que "todo lo dicho es siempre dicho por alguien" y que vale la pena no esconder al orador tras la forma en la que son dichas las cosas, pues esta es una trampa que el lenguaje tiende permanentemente, permitiendo a la persona que habla esconderse detrás de lo que dice.
Principios generales de la ontología del lenguaje:
1. Primer principio: "No sabemos cómo las cosas son. Sólo sabemos cómo las observamos o cómo las interpretamos. Vivimos en mundos interpretativos."
2. Segundo principio: "No sólo actuamos de acuerdo a cómo somos, (y lo hacemos), también somos de acuerdo a cómo actuamos. La acción genera ser. Uno deviene de acuerdo a lo que hace."
Al trasladarnos del ser a la acción, nos permitimos entrar en el proceso del devenir y evitamos quedar entrampados en el supuesto metafísico de que el ser es inmutable, de esta manera logramos comprender que el ser es sólo un momento del proceso del devenir y únicamente una cara de ese proceso. Nuestras acciones no sólo revelan cómo somos, sino que también nos permiten transformarnos, ser diferentes, devenir. La acción, por lo tanto, ni es sólo la expresión de un determinado ser desplegándose en el mundo, sino también la posibilidad de que ese mismo ser se trascienda a sí mismo y devenga en un ser distinto.
Distintas comunidades producen distintos individuos y una vez que se logra asir el lenguaje de la comunidad se logra comprender mejor al individuo.
Los individuos se constituyen como tales a partir del lugar que los seres humanos ocupan dentro de sistemas lingüísticos más extensos. El individuo es lo que es a partir de relaciones con los demás y en el sistema de coordinación de coordinación de comportamiento no todos ocupan el mismo lugar ni efectúan las mismas acciones. El sistema del lenguaje es una estructura de relaciones y la posición de cada miembro de la comunidad dentro de dicha estructura es un aspecto importante a considerar en el proceso de individuación.
La historia suele concebirse como la secuencia de las huellas dejadas por los acontecimientos ocurridos en el pasado, pero no todos los acontecimientos tienen el mismo impacto sobre el futuro. No todos los momentos de la historia han sido igualmente fecundos en la producción de nuevas posibilidades.
En la antigua Grecia, alrededor de 700 A.C fue inventado el alfabeto, que representó una nueva forma de comunicación. Este hecho tuvo consecuencias históricas trascendentales porque dio las condiciones a partir de las cuales se creó un tipo de ser humano particular: el hombre y mujer occidentales. Con esta invención las nociones de educación, sabiduría y convivencia social fueron transformadas y se inventó la democracia. Con estos cambios fundamentales en la sociedad surgieron nuevas prácticas sociales y tuvo lugar una consecuencia menos visible pero existente, la transformación de categorías mentales, esto es, la manera en que los seres humanos piensan sobre ellos y el mundo. Antes de la invención del alfabeto "lenguaje y acción" estaban estrechamente unidos, los seres humanos habitaban en lo que llamamos un "lenguaje del devenir". Los poetas eran los responsables de la educación, relataban épicas o fábulas para cumplir su función de enseñar. El alfabeto separó al orador, el lenguaje y la acción, lo que representó un gran cambio. Se produjo un desplazamiento de un lenguaje de acción a un lenguaje de ideas, lo que dio lugar a la reflexión. Una vez que el texto estaba escrito parecía hablar por sí mismo y el orador dejó de ser necesario. Cambió la manera de pensar las cosas y la reflexión pasó a suplantar el papel que previamente había tenido el relato de los acontecimientos. Se pasó a hablar de los valores como ideas y no como rasgos propios de los héroes épicos. Se empezó a poner énfasis no en las acciones sino en el "ser" de las cosas y con ello se abandonó el "lenguaje del devenir" y se llegó al "lenguaje del ser". Este paso resultó una transformación fundamental y gran logro histórico, pues desató fuerzas de la reflexión y del pensamiento racional. De esta manera nació la racionalidad, marca de fábrica del pensamiento occidental.
El interés por el arte del pensamiento certero desarrolló la lógica. Los principios lógicos mostraron la senda del pensamiento válido (la forma de trasladarnos de una idea a otra para alcanzar lo verdadero y esquivar lo falso).
El poder del pensamiento se hizo evidente con el nacimiento de la racionalidad, pues permitió transformar el mundo, destruir a los enemigos y dio la ilusión de posibilitar el dominio de la naturaleza.
Se llegó a pensar que "pensar" era una acción superior al resto de las acciones y se llegó a olvidar que el pensamiento mismo es una acción. Se cambió la comprensión del ser humano.
Una vez que llegó el "lenguaje del ser" el ser humano comenzó a preguntarse por el "ser" de todo, incluido el propio ser humano. El ser humano comenzó a suponer que la razón no tenía límites y que a través de esta se podía conocer todo, dominar completamente el entorno natural y las relaciones con los demás en tan solo una cuestión de tiempo. La razón se posicionó en la mente del ser humano como la clave para asir el "ser" de las cosas. El énfasis puesto en el "ser" de las cosas condujo a minimizar el papel jugado por el lenguaje, que se colocó en una postura de constituir un papel pequeño o nulo en la conformación del ser humano y del mundo. Se comenzó a suponer que el "ser" precedía al lenguaje.
Después del surgimiento de un grupo de filósofos conocidos como los metafísicos, conducidos por Platón, discípulo de Sócrates, y Aristóteles, discípulo de Platón, se cristalizó una síntesis coherente basada en los nuevos supuestos y esta se convirtió de pronto en la visión social predominante. El sentido común actual se basa en gran medida en los supuestos metafísicos, generados originariamente por estos metafísicos de la antigua Grecia.
Desde los primeros griegos hemos cambiado nuestra comprensión de muchas cosas, no se puede decir que pensamos de la misma manera que ellos, pero hemos mantenido en conjunto los supuestos metafísicos básicos desarrollados en la Grecia temprana. El desarrollo histórico ha tenido lugar sin romper con estos supuestos principales, manteniendo esta básica comprensión de lo que significa ser humano, en este sentido nos hemos mantenido fieles a los primeros metafísicos griegos.
La filosofía de Descartes -el cartesianismo- ha sido la más influyente de los tiempos modernos. La modernidad se desarrolló dentro de una armazón cartesiana aceptando los principales supuestos formulados por Descartes pero al examinar dichos supuestos podemos percatarnos de que son fieles a la antigua tradición griega de comprender al ser humano como un ser racional. La filosofía de Descartes es expresión histórica del impulso dado al alfabetismo por medio de la invención de otro cambio que resultó de suma importancia en la manera de comunicar: la imprenta o prensa escrita. Con la imprenta la separación inicial entre el orador, lenguaje y acción se profundizó y extendió a todos los niveles de la sociedad. Los libros se convirtieron en artículos fácilmente adquiribles y esto permitió la emergencia del sistema escolar, la expansión social del alfabetismo y la democratización y extensión de la racionalidad a todo rincón de la vida social. La invención de la imprenta también permitió el desarrollo de la esfera de privacidad e intimidad individual y una expansión del amor romántico. Con Descartes el pensamiento es nuevamente la base para entender al ser humano, el pensamiento siempre adquiere precedencia. Descartes postula que es el pensamiento lo que nos convierte en el tipo de ser que somos y dice que podemos concluir: "yo pienso, luego existo", lo que plantea que es la razón lo que nos hace humanos. Sin embargo, actualmente está surgiendo una comprensión radicalmente nueva del ser humano, a esta nueva comprensión es a lo que se le llama ontología del lenguaje.
Actualmente enfrentamos una nueva revolución de importancia capital en la manera de comunicarnos. En las últimas décadas ha sucedido algo similar a lo que ocurrió en la antigua Grecia con la invención del alfabeto, pues hemos enfrentado una transformación importante en nuestra manera de comunicar como resultado de las innovaciones tecnológicas y la emergencia del lenguaje electrónico. La irrupción del lenguaje electrónico comprende un proceso que contiene la profusión de medios de comunicación y hoy en día observamos la manera en que los distintos medios de comunicación confluyen y se integran unos con otros en diferentes configuraciones multimedia. Como resultado de esto, el mundo se ha transformado convirtiéndose en la"aldea global" de la que habló MacLuhan hace más de tres décadas. La distancia siempre fue un factor relevante para la manera en que el ser humano organizaba su vida pero en la actualidad resulta cada vez más irrelevante. Este nuevo lenguaje ya ha cambiado y seguirá cambiando la manera en que convivimos y nos relacionamos. Por otra parte, hoy en día el cambio se ha convertido en un aspecto permanente de la vida, pues nada permanece igual durante mucho tiempo, ahora la predominancia del "ser" vuelve a ser sustituida por la del "devenir". Estas nuevas condiciones van llevando al "observador metafísico", que por tanto tiempo constituyó la visión que el ser humano tiene del mundo, hasta sus límites, pareciera que la metafísica se aproxima a su agotamiento histórico y esto va a afectando la forma de pensarnos y la forma de pensar el mundo.
Los nuevos desarrollos desafían al programa metafísico. En el campo de la filosofía encontramos que Nietzche nos ha entregado la más fuerte crítica a la comprensión del alma humana, fue el primer filósofo que se situó fuera del marco metafísico y cuestionó los supuestos básicos. Martin Heidegger da su fenomenología existencial y hace una crítica a los supuestos del cartesianismo, que declaraban al ser humano primariamente como ser racional. Ludwig Wittgenstein ofrece una comprensión del lenguaje totalmente nueva. Las contribuciones de estos filósofos abrieron puertas que otros cruzarían y la filosofía entera ha sido trastornada enormemente durante este siglo. A este proceso se le ha denominado "giro lingüístico", pues el lenguaje pareciera haber tomado el lugar privilegiado que por siglos ocupó la razón. En el campo de las ciencias biológicas también se han dado importantes desarrollos. Se ha postulado que el rasgo básico que distingue a la especie humana de otras es el lenguaje humano. Fue Ernst Mayer quien introdujo este postulado a principios de los sesenta. La relación entre el ser humano y el lenguaje ha sido explorada a mayor profundidad y ahí destaca la contribución del biólogo Humberto Maturana. Finalmente, han habido también importantes logros en el campo de la psicología sistémica, antropología, sociología y lingüístia y, en cada una de ellas el hilo conductor ha sido el reconocimiento de la importancia del lenguaje para comprender la vida humana. La ontología del lenguaje intenta reunir estos distintos desarrollos que a menudo pueden parecer contradictorios en una unidad coherente que apunta a observar los fenómenos humanos desde una perspectiva no-metafísica.
El término "ontología" se toma prestado de una tradición muy específica y se le otorga un sentido particular. Fue acuñado por los antiguos griegos y para ellos significaba la comprensión general del ser en tanto tal. La ontología griega estaba enmarcada dentro del programa metafísico. El nuevo uso del término arranca de la tradición inaugurada por Martin Heidegger, para quien la ontología se relaciona con su investigación acerca de lo que llamaba Dasein, que se puede sintetizar como el modo particular de ser del ser humano. En este sentido la ontología hace referencia a la comprensión genérica y a la interpretación de lo que significa ser humano. Al decir que algo es ontológico hacemos referencia a una interpretación de las dimensiones constituyentes que compartimos en tanto seres humanos y que confieren un particular modo de ser, en este sentido la ontología no implica necesariamente una adopción de la perspectiva metafísica. La ontología del lenguaje reivindica que se pueden generar ontologías no-metafísicas.
Toda acción y todo decir presuponen juicios sobre lo que en tanto seres humanos nos es posible, por lo tanto cada vez que decimos algo y cada vez que actuamos no sólo se manifiesta lo que hacemos o decimos sino también una determinada interpretación de lo que significa ser humano y, por lo tanto, una ontología. Al aceptar lo anterior se deduce que cualquier postulado que se haga sobre el "ser" en general o sobre otros seres humanos está basado en una comprensión subyacente del ser que formula ese postulado. Consecuentemente la ontología en cuanto comprensión de lo que significa ser humano sienta las bases para la antigua noción de la ontología como comprensión general del ser: "cada pensamiento hecho por un observador nos habla del tipo de observador que ese observador considera que es".
Podemos no percatarnos de que al actuar o hablar revelamos esos supuestos ontológicos subyacentes, pero aún así los revelamos. Al entender esto comprendemos que para hacer cualquier planteamiento hacemos implícitamente un planteamiento de cómo somos en tanto seres humanos. Nuestra comprensión de lo que significa ser humano es piedra angular de todas nuestras acciones, por lo tanto una ontología precede a cualquier otro postulado sobre cómo podrían ser las cosas. La ontología es una interpretación primaria.
El postulado de que todo lo que hacemos revela nuestro juicio sobre nosotros mismos es la base de uno de los usos de la ontología del lenguaje: el "coaching" ontológico.
La ontología del lenguaje puede verse como uno de los desarrollos importantes que actualmente surgen en los distintos campos de la vida humana, que se mueven en una dirección similar y que frecuentemente comparten supuestos y sensibilidades similares.
Los tres postulados básicos de la ontología del lenguaje son:
1. Interpretamos al ser humano como ser lingüístico (Postula que el lenguaje es, por sobre todo, lo que hace a los seres humanos el tipo particular de seres que son y que el lenguaje es clave para comprender los fenómenos humanos)
2. Interpretamos al lenguaje como generativo (Las consecuencias del primer postulado sólo pueden ser plenamente extraídas en medida en que seamos capaces de modificar radicalmente la concepción tradicional del lenguaje; cuestiona la concepción tradicional del lenguaje y reconoce que el lenguaje no sólo nos permite hablar sobre las cosas sino que hace que sucedan las cosas. Abandona la noción que reduce el lenguaje a un papel pasivo o descriptivo y sostiene que el lenguaje es generativo, que el lenguaje crea realidades y genera ser)
3. Interpretamos que los seres humanos se crean a sí mismos y al lenguaje a través de él (Una vez unidos los primeros dos postulados emerge una nueva comprensión del ser humano. La ontología del lenguaje sostiene que la vida es el espacio donde los seres humanos se inventan a sí mismos. Postula que el ser humano no es de una forma de ser determinada ni permanente y que los individuos tienen la capacidad de crearse a sí mismos a través del lenguaje. Explica que nadie es de una forma de ser dada e inmutable que no permita infinitas modificaciones)
El foco de atención de la ontología del lenguaje son los seres humanos. Plantea que ser humano es estar en un proceso permanente de devenir, de inventarnos y reinventarnos dentro de la deriva histórica y que no existe tal cosa como una naturaleza humana predeterminada. La ontología del lenguaje explica que "no sabemos lo que somos capaces de ser ni sabemos en lo que podemos transformarnos", que nuestro ser es indeterminado y es un espacio abierto apuntando hacia el futuro.
Una comprensión ontológica de nosotros mismos nunca puede darnos una única respuesta correcta que explique la determinada pregunta de lo que signifique ser humano, pues la ontología postula que nuestro ser es campo abierto al diseño. Lo que la aproximación ontológica puede ofrecer son distinciones generales que sirven como parámetros para definir una estructura básica de posibilidades en el proceso abierto del devenir.
La estructura general de posibilidades es lo que Martin Heidegger llamó Dasein, el "ser en el mundo" que somos. La ontología es la indagación del Dasein. Heidegger se abrió al reconocimiento de que para entender lo que significa ser humano se requiere de recurrir al lenguaje porque los seres humanos habitan en el lenguaje.
El ser humano es construcción lingüística porque se inventa a sí mismo en el lenguaje, es como una especie de burbuja lingüística.
Tanto Heráclito como Nietzche entendieron que, para comprender al ser humano, no podemos concentrarnos sólo en su "ser", sino mirar también hacia lo que el ser humano no es, hacia ese espacio en el que se trascienden las formas actuales de ser y se interfiere y participa del proceso del devenir. Según Nietzche, el ser humano puede ser visto como un proceso en el que nos encontramos permanentemente huyendo de la nada mientras que a la vez somos impulsados hacia ella, hacia el "sin sentido" de nuestras vidas, e inducidos a regenerarnos constantemente un sentido. Heráclito afirmó que estamos en un proceso constante de flujo, que nunca permanecemos iguales, que cambiamos continuamente como lo hacen los ríos.
La ontología del lenguaje invita a tomar en cuenta que "todo lo dicho es siempre dicho por alguien" y que vale la pena no esconder al orador tras la forma en la que son dichas las cosas, pues esta es una trampa que el lenguaje tiende permanentemente, permitiendo a la persona que habla esconderse detrás de lo que dice.
Principios generales de la ontología del lenguaje:
1. Primer principio: "No sabemos cómo las cosas son. Sólo sabemos cómo las observamos o cómo las interpretamos. Vivimos en mundos interpretativos."
2. Segundo principio: "No sólo actuamos de acuerdo a cómo somos, (y lo hacemos), también somos de acuerdo a cómo actuamos. La acción genera ser. Uno deviene de acuerdo a lo que hace."
Al trasladarnos del ser a la acción, nos permitimos entrar en el proceso del devenir y evitamos quedar entrampados en el supuesto metafísico de que el ser es inmutable, de esta manera logramos comprender que el ser es sólo un momento del proceso del devenir y únicamente una cara de ese proceso. Nuestras acciones no sólo revelan cómo somos, sino que también nos permiten transformarnos, ser diferentes, devenir. La acción, por lo tanto, ni es sólo la expresión de un determinado ser desplegándose en el mundo, sino también la posibilidad de que ese mismo ser se trascienda a sí mismo y devenga en un ser distinto.
Distintas comunidades producen distintos individuos y una vez que se logra asir el lenguaje de la comunidad se logra comprender mejor al individuo.
Los individuos se constituyen como tales a partir del lugar que los seres humanos ocupan dentro de sistemas lingüísticos más extensos. El individuo es lo que es a partir de relaciones con los demás y en el sistema de coordinación de coordinación de comportamiento no todos ocupan el mismo lugar ni efectúan las mismas acciones. El sistema del lenguaje es una estructura de relaciones y la posición de cada miembro de la comunidad dentro de dicha estructura es un aspecto importante a considerar en el proceso de individuación.
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